¿Controlar, vigilar y desmentir a los medios de comunicación vía web? ¿Esto tendrá algo que ver con que los partidos emergentes emiten sus mensajes y ganan adeptos viralizando contenidos? ¿Las iniciativas políticas en la actualidad adquieren rápida notoriedad vía internet? Los avezados en el dominio de la comunicación (que en política no abundan) saben que el vulgo ya no se informa a través de los medios dirigidos por las élites extractivas sino a través del ciberespacio.
El artículo 20 de la Constitución Española, recogido entre los derechos y deberes fundamentales, no sólo ampara la sagrada libertad expresión sino el derecho a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. El Ayuntamiento de Madrid, pues, está en su derecho de poner en marcha un portal, pero ello no implica que los contenidos que publique garanticen veracidad. Levantar sospechas sobre la prensa no atenta contra los informadores, ni contra periodistas concretos, ni contra las publicaciones que representan, ni siquiera contra sus respectivas líneas editoriales: amenaza veladamente a ese derecho a la libre información recogido en nuestra Carta Magna. Si alguien tiene pavor a la libertad de prensa, fobia a los medios de comunicación, grima a los plumillas y espanto a la opinión pública, sencillamente no cuenta con uno de los requisitos primordiales para ejercer un cargo electo.
Cuando una institución pública pone en entredicho la labor de los informadores la motivación es obviamente política. Es inevitable el sesgo. De ahí a convertir la información en propaganda hay un paso. Además ¿qué o quién asegura que la web de Carmona, con su particular versión de unos hechos, represente el paradigma de la verdad? El usuario de los medios de comunicación ya cuenta con todas las herramientas necesarias para contrastar y comparar informaciones.
Pero los que se echan las manos a la cabeza por esta iniciativa, MadridVO, no están en disposición de tirar la primera piedra: un ejercicio de autocrítica en el universo periodístico contemporáneo es necesario. Nunca antes dispusimos de tantas facilidades para informar y estar informados (el que quiere), pero contradictoriamente, jamás estuvimos tan manipulados. ¿Por qué en los análisis y las noticias de actualidad casi nadie examina el fondo, limitándose los opinantes y firmantes a ponerse a favor de unos u otros, dependiendo de ideologías y líneas editoriales? No seré tan ingenua de creer en la independencia plena de los medios (una de las primeras cosas que aprendes cuando te adentras en este mundo es que los grupos de comunicación son empresas privadas no carentes de intereses personales, y por encima de todo, económicos), pero lo que no espero de los profesionales de la información es radicalismo infame unido a pérdida descarada de objetividad.
Todavía sobreviven algunas cabeceras con cierta valentía (pocas con frescura), pero en los últimos tiempos asistimos al abandono de la esencia misma y razón de ser de la prensa libre: independencia y pluralidad. ¿Será porque los que controlan los medios tienen en sus manos los hilos que manejan el poder? ¿Y porque los que ostentan dicho poder tienen en las suyas la supervivencia de los grandes emporios de la comunicación? Los gobiernos utilizan la concesión de licencias audiovisuales y altísimas partidas de publicidad institucional como herramienta de intercambio de favores con las cúpulas mediáticas. Mientras las columnas de opinión pecan de autocensura y las plumas libres brillan por su ausencia -quizá por miedo a represalias indignas de una democracia-, los titulares teledirigidos y los contenidos engalanados de ideario están ganando esta batalla. Versionar la información desde las instituciones ya es la guinda de un pastel podrido.


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