La clamorosa derrota de Luis de Guindos, ministro de Economía, en el pulso por la presidencia del Eurogrupo lo fue todavía más porque en el PP y en el Gobierno (el Ministerio fue más inteligente) vendieron la piel del oso antes de cazarlo.
Leyendo el magistral análisis de Carlos Díaz Güell sobre este asunto, llama poderosamente la atención el escaso peso de España en el entramado europeo, precisamente cuando se van a celebrar tres décadas de la entrada en vigor del Acta de Adhesión de España en las Comunidades Europeas.
El argumento de este maestro de periodistas es que España, cuarto contribuyente neto del BCE, acreedor, hasta el momento, de casi 26.000 millones de euros del total de la deuda griega y responsable del 12% del PIB de la eurozona, se ha convertido en «un socio residual» de la Unión.
Resulta significativo que España no presida ningún organismo relevante en la Unión, donde Alemania (Parlamento Europeo, Banco Europeo de Inversiones) e Italia (Banco Central Europeo, Servicio Europeo de Acción Exterior) repiten. Países que aportan menos que España a Europa tienen su trocito de poder en forma de presidencia.
Es verdad que el poder real de un país no se mide sólo por las presidencias de instituciones, y posiblemente manden más los directores generales de éstas. En el BCE, los profesionales procedentes del Banco de España son muy bien valorados, pese a que la institución, y especialmente los responsables de Inspección y de Supervisión, no pasó por sus mejores momentos en el desplome de parte del sistema financiero español.
También es verdad que en el complejo entramado del BCE hay un centenar de directivos procedentes del Banco de España. Y que de los 11 que más mandan allí, tres son españoles. Pero ya no hay un González Páramo en su Consejo de Gobierno. El que más lejos parece haber llegado es Ramón Quintana, el único de los directores generales del Mecanismo Único de Supervisión que procede de un banco central.
En Eiopa, el supervisor europeo de seguros, manda, y mucho, Carlos Montalvo, como director general. Pero su mandato se va agotando y nada indica que vaya a ser sustituido por otro español.
«La realidad, dura, es que España ha sido desalojada, en su casi totalidad, del aparato comunitario», opina Díaz Güell, que cree que se muestra así la valoración que el resto de Europa tiene de España y de los españoles.
Mientras los directivos españoles, tanto hombres como mujeres, van ganando peso en las multinacionales, en Europa España pinta poco. Y la batalla de la presidencia del Eurogrupo lo demuestra, por mucho que ahora se quieran consolar (más bien autoengañarse) con una supuesta vicepresidencia del BCE (que ocupa en estos momentos un portugués) o con cargos similares.
España debe afinar mucho más ese trabajo subterráneo, pero muy eficaz sobre todo a largo plazo, de diplomacia, trabajarse mucho más a los lobbies que pululan por Bruselas y por Fráncfort, desde luego aprender idiomas (no es de recibo que los dos últimos presidentes del Gobierno sean analfabetos en inglés), y no meterse en más charcos de los necesarios. Sobre todo, no plantearse guerras que sabe desde el principio que no va a ganar.
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