Paseo por el Puente Romano de Córdoba

07/08/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

Córdoba tiene un rincón de síntesis coral, crucial en su pulsión geográfica en lo exacto de un latido: es el Puente Romano, epicentro vital, menudo y trágico de toda la semántica que guarda el ser oculto cordobés. Desde el Puente Romano, colosal sobre sus arcos de piedra detenida en un ocaso, es posible mirar a Oriente y a Occidente, fijarse en los dos lados de un trayecto que comienza en la visión de la Mezquita y acaba en la Torre de la Calahorra, faro de vigía de la ciudad, bastión primero, y ahora sede del Museo de la Fundación Roger Garaudy, dedicado al fomento del estudio de las Tres Culturas. Hasta llegar al Puente Romano, un buen itinerario para cualquier día, otoñal o de lluvia, o también de esa falsa primavera que es, en realidad, un verano encubierto, puede ser comenzar por la Puerta de Almodóvar, junto a la estatua de Séneca, pórtico de recia sobriedad que antecede al barrio conocido como La Judería. Si bajamos por la calle Judíos nos encontraremos con la Sinagoga, recoleta y mínima, pero, especialmente, con algo que asemeja un viaje en el tiempo: el Museo del Papel, una recreación de la pura belleza sensorial de las antiguas casas andalusíes, con su patio interior presidido por un sonido de agua, donde las flores alzan su dominio en un caudal latente de armonía. Si el viajero quiere imaginar cómo pudo ser el esplendor de la vida cordobesa y califal, no es necesario que vaya en busca de las ruinas, hermosas y desérticas, de la que fue ciudad grandiosa de Medina Azahara, sino que le bastará con adentrarse en este patio mágico, dejarse acariciar por el murmullo ágil y sedante de chorros delicados y en las sombras, y disfrutar de un goce íntimo, fértil y anhelante.

Después, desembocando ya en la Mezquita, es fácil dejarse adormecer por esa plenitud del aire de oro apenas contenido en sus fachadas, henchidas en la arena endurecida que asemeja la piedra en su contraste con la siesta del sol, plácida y dulce. Dentro, el Patio de los naranjos, donde una serenidad de hojas alzadas sabrá dar al viajero un momento interior de pausa dulce. Se pueden consultar libros de Historia, comparar monografías y apreciar las distintas fases en las ampliaciones de este templo, consagrado primero a San Vicente en su origen remoto y visigótico, para ser después la perla del Islam en Occidente y, finalmente, iglesia cristiana a partir la conquista de la ciudad en 1236 por las trompas de Fernando III, llamado El Santo. Se puede comprobar, también, el enfado del emperador Carlos V cuando, al llegar a Córdoba, descubrió que su autorización para levantar la Catedral en el corazón de la Mezquita había servido para “destruir lo que es singular en el mundo”; sin embargo, seguramente ha sido la Catedral, erigida en las mismas entrañas de la gran Mezquita de Córdoba, la que la ha sostenido hasta el presente: no sólo arquitectónicamente, sino también vitalmente, porque al haberse consagrado como edificio de fe de la confesión imperante en España durante los siglos venideros, se libró la belleza de la Gran Mezquita Aljama de perecer, también, entre cascotes, como ocurrió también con el resto de mezquitas cordobesas.

Ahora, la singularidad a la que se refiriera Carlos V es múltiple, porque no sólo alcanza a la hermosura del bosque de columnas erigido en una profusión de temblor tibio, sino también el ideal de una convivencia que, hasta el momento, no se ha vuelto jamás a repetir. Al adentrarse por el bosque de columnas de la Mezquita de Córdoba, una suerte de paz late y se aquieta, nos limpia la respiración y el ánimo. Es como si al final de tantos troncos, de todas las columnas sucedidas en superposición al ojo inquieto, latiera un paraíso impredecible, pero intuido en tono sensorial. La interiorización se vuelve íntima, y una suerte extraña de nuevo misticismo, despojado de cultos y de dioses, profundamente humano y terrenal, puede despojarnos de nosotros.

Fuera, sin embargo, la ciudad bulle y se extiende, dejando a un lado el gran templo, hasta la Puerta de Algeciras o Puerta del Puente, ahora completamente restaurada y convertida en diminuta sala de exposiciones, con un mirador que hace de espejo con ese otro mirador mágico: el que, desde las almenas de la Torre de la Calahorra, al otro lado del Puente Romano, nos hacen contemplar toda esa visión crepuscular: el puente, el río, la Puerta de Algeciras y, al fondo, la corona múltiple, majestuosa y cenital, de la gran Mezquita Aljama. Pero es cruzando hacia el Puente Romano, y permaneciendo en el centro de su recorrido, donde comprobamos que Córdoba tiene un rincón de síntesis coral, crucial en su pulsión geográfica en lo exacto de un latido: precisamente sobre el Puente Romano, epicentro vital, menudo y trágico de toda la semántica que guarda el ser oculto cordobés, cobrizo y silencioso, anaranjado.

Cuando un sol llameante de escrutinio sacude todo el ancho y el largo de ese punto, permanecer en el centro de este puente puede adquirir tintes de suplicio. Sin embargo, hacia el atardecer, permanecer allí, apoyado distante en el pretil, mirando a cualquier parte, a cualquier tramo, dejando a los sentidos expandirse con una laxitud horizontal, hace de este lugar un drenaje esencial para el espíritu.

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