Mossos killers

14/08/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

Hay un sol de petróleo en la Costa Dorada, un descendimiento a los infiernos de balcones dudosos. Nadie se suicida porque sí, nadie se desprende de su vida arrojándola al hueco del vacío desde un tercero, por mucho que unos Mossos traten de detenerlo. Es lo que ha ocurrido en Tarragona, en una operación contra el top manta. Por cierto: sigue llamando la atención que en estas operaciones se siga persiguiendo, y también liquidando, a los últimos eslabones de la gran cadena de la piratería de discos, cinturones y bolsos, en lugar de prender a los capos que orquestan esta red de cordel y aceras rápidas. Pero bueno, esto es España, el país en el que el ministro del Interior recibe en su despacho al principal encausado de un escándalo de corrupción gigantesca, antiguo vicepresidente del Gobierno y águila bursátil de su partido. Aquí al ladrón financiero se le saca la vieja alfombra roja de los ex presidentes, mientras se persigue exhaustivamente al delincuente común, al último peón del tablero cambiante con su crimen de Estado, para arrinconarlo en un balcón e invitarle a tomar el cielo de Salou.

Si no existieran los innumerables precedentes de brutalidad policial de los Mossos y no hubiéramos asistido a tantos casos de homicidios –o directamente asesinatos- sin justificar, grabados por vecinos que asistieron atónitos a las palizas en mitad de la calle, podríamos intentar creernos esta explicación poco creíble, el tipo que es buscado y encontrado en su casa y decide lanzarse a la conquista del aire. El centenar de senegaleses que han marchado en Salou hasta el domicilio de Mor, que este es el nombre del senegalés fallecido, no lo han creído, y por eso han portado sus pancartas redactadas en un español encendido y directo: “Queremos justicia y derechos”, mientras gritaban “basta ya de violencia”, “Stop al racismo” y “Mossos killers”, en un inglés ultramarino que pone el foco sobre las denuncias y la impunidad del salvajismo.

Fue hace un par de días, a las seis de la mañana, cuando unos Mossos d’Esquadra, acompañados de la secretaria judicial, realizaban tres entradas y registros simultáneos en tres pisos de Salou. Según los Mossos, Mor se arrojó por el balcón. Según sus compatriotas, no tenía ninguna razón para matarse, con lo que los Mossos lo arrojaron. Pudo tratarse, también, de un forcejeo, de un accidente, porque todas las posibilidades deben ser contempladas. Pero la secretaria del juzgado, en ese momento, no estaba en el piso, con lo que es la palabra de los Mossos contra la verosimilitud del relato. Su hermano ha denunciado a la policía catalana, que por supuesto lo niega. Ya lo han hecho otras veces, pero luego han salido los vídeos probatorios de su brutalidad.

Parece claro que los Mossos d’Esquadra aportan su granito de arena coagulada a la integración sociológica, porque ahora equiparan a los inmigrantes con los nacionales catalanes, mediante el trato idéntico y final. Cuando un cuerpo de seguridad acumula tantas denuncias con igual resultado de muerte y bestialidad, algo debería analizarse y perseguirse. Pero la Generalitat no está en eso, ni tampoco en garantizar la seguridad jurídica de sus ciudadanos contra el abuso de fuerza policial; porque el enemigo común de los independentistas es el Estado centralista opresor, y no esas anchas manos chorreantes de sangre.

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