Los viejos amigos

04/09/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

La nostalgia puede ser una razón poderosa, pero también un marco nebuloso de distorsión sutil. La literatura, en parte, se ocupa de eso: de administrar –y de fundamentar- todo el arsenal de la memoria, entre una evocadora ferocidad sensorial, su terciopelo dulce, y la perturbadora realidad, que al final siempre aparece. Tendemos a iluminar las sombras del recuerdo porque fue único verdaderamente, porque sí que existió su pulso luminoso. Pero también, a veces, en esas oquedades permeadas por turbios claroscuros, omitimos matices, detalles, coincidencias, y perfilamos rostros sin aristas, los volvemos amables o los emborronamos. Es lo que sucede, en ocasiones, con algunos viejos amigos: o los difuminas o los pierdes, porque a veces no es posible soportar su aluvión de controversias, los datos tan precisos de intereses creados, las confesiones al amanecer con ciertas falsedades descubiertas. Hay gente muy interesada por ahí que durante un tiempo logra hacerse querer a través de un calculado victimismo. Es una estrategia más o menos consciente: fomentar a su alrededor cierta sensación de ingratitud del mundo, como si todos, de una u otra forma, tuviéramos una deuda pendiente con su felicidad. Los comprendemos antes o después y poco a poco nos separamos de ellos, cuando las costuras de su impostación terminan siendo demasiado visibles y ni siquiera nos queda la coartada pacífica de poder simular que no las vemos.

Todo esto viene a propósito de Los viejos amigos, la novela de Rafael Chirbes. Estas semanas, cuando se ha puesto tan de moda afirmar que ha sido el gran narrador de la crisis –lo ha sido, pero no sólo, sino mucho más-, ha venido con fuerza a mi recuerdo. Historia de un desencanto anunciado de lejos, el escritor disecciona, a partir de una cena de antiguos camaradas de militancia política antifranquista, cómo los años no sólo van resituando posiciones iniciales, sino que las desvela verdaderamente, porque la gente, salvo traumas que tienen más que ver con la vida y la muerte, no es que cambie tanto en unos años, sino que al final saca a la luz de la piel lo que realmente es. A través del encuentro, y también del recuerdo del pasado en común, asistimos a la tristeza del tránsito político hacia la democracia, con las cuentas pendientes de la izquierda y también sus heridas sin cicatrizar. Quizá el mayor logro de esta gran novela de Rafael Chirbes sea enlazar una vivencia privada, la cena de esos viejos amigos, con una gran experiencia colectiva –el desencanto tras la Transición-, para concluir, en un giro brillante de prestidigitación narrativa, que toda gran experiencia colectiva acaba difuminada en biografías individuales, con sus rostros perdidos, porque deben perderse.

Supongo que la vida nos define no solamente por las gentes y lugares que vamos incorporando al recorrido, sino también por espacios y por voces que se quedan atrás, que se diluyen, que son un agua turbia en el recuerdo y también su esplendor, donde aún laten con sentido. Vamos hacia delante, escribió Scott Fitzgerald, irremediablemente arrastrados por nuestro pasado; pero también en aguas vaporosas, vibrantes y lumínicas, que guardan lo mejor de nuestros días vividos en la mirada atenta hacia los venideros.

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