Los escrúpulos de un maltratador

06/09/2015

Carmela Díaz.

Más actuar y menos lamentar. Conviene agitar conciencias.

Mujeres asesinadas por violencia machista en España en el último lustro:

Año 2010: 73 mujeres

Año 2011: 64 mujeres

Año 2012: 49 mujeres

Año 2013: 51 mujeres

Año 2014: 49 mujeres

Año 2015: este macabro contador se incrementa sin descanso

 Resumiendo, en los últimos cinco años han muerto en nuestro país la friolera de más de 300 mujeres por este motivo. ¿Los que carecen de escrúpulos tienen sentimientos? Nos encontramos ante degenerados violentos y desalmados que merecen ser tratados como apestados sociales, castigados con penas más duras -sin beneficios penitenciarios que valgan ni meapilas que los justifiquen bajo ningún concepto-. Sobre terroristas y maltratadores siempre me asaltaron dudas acerca de sus motivaciones y mecanismos psíquicos. Pero, sobre todo, respecto a su comportamiento en la vida cotidiana.

¿Respetan las normas de educación? ¿Actúan gentilmente? ¿Son cariñosos con sus mascotas? ¿Se conmueven con los versos de un poema? ¿Se emocionan escuchando melodías inolvidables? Todo ello, cuando no están moliendo a palos a sus parejas o amenazando física y psicológicamente a personas con las que comparten intimidad. Estos capullos, ¿buscan la felicidad? ¿Lloran de tristeza? ¿Perciben la belleza? ¿Tienen afán de superación? ¿Inculcan a sus hijos valores morales? ¿Se enrabietan con el maltrato a un menor? ¿Qué opinión les merecen los violadores? ¿Y los pederastas?

Lo que me deja del todo descolocada es llegar a comprender si los que asesinan “en nombre del amor” son capaces de amar. ¿Son unos padres tiernos y solícitos? ¿Cuidan de sus mayores? ¿Son cómplices de sus hermanos? ¿Creen en la amistad? ¿Cultivan la lealtad? ¿Practican alguna religión? ¿Se desesperan con la pérdida de un ser querido? ¿Tienen remordimientos? ¿Conocen el arrepentimiento? ¿Practican el perdón?

Porque si son capaces de conmoverse con el espectáculo cromático de un ocaso, repudian a un violador, son padres solícitos, leales amigos y rezan a algún dios, resulta inconcebible que tengan la sangre fría necesaria para abofetear, golpear, pisotear, asfixiar, calcinar, acuchillar o pegar un tiro a alguien indefenso y desarmado, con el que cual compartieron, comparten, sentimientos de afecto. Alguien a quien amaron -o creyeron amar-, al que rematan con otro golpe, puñalada o tiro de gracia asegurando su muerte -con saña y violencia desproporcionada en la mayoría de los casos-. Tampoco les tiembla el pulso enterrando el cadáver de quien fue importante en su vida. Provocan una tragedia en su familia, la desesperación de unos hijos, el dolor de los más allegados, la cólera de un país y siguen adelante como si tal cosa.

¿Después de cometer una de las agresiones -o asesinatos- más aborrecibles, continúan con sus quehaceres? ¿Son capaces de mantener unas pautas de normalidad? ¿Abrazan a sus hijos y los arropan en la cama? ¿Pueden descansar esa noche? ¿Y la siguiente? ¿Y el resto de las noches de una existencia marcada a fuego por la sangre? Cuando lo han hecho varias veces -el maltrato a sucesivas parejas- ¿lo sienten como una rutina? Sus madres, hermanas e hijas también son mujeres: ¿qué harían ellos con el malnacido que las machacase?

Aunque jamás alcancemos a comprender a estos desgraciados debemos combatirlos. Si eres una mujer maltratada, denuncia. Si conoces algún caso de violencia doméstica en tu entorno, denuncia también. Todos somos responsables de que en el próximo lustro los asesinatos por violencia doméstica desaparezcan.

carmela

 

Carmela Díaz

 

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