Mientras España entera se contagiaba de alegría y disfrutaba de un intenso éxtasis colectivo yo me imbuía en un ejercicio de reflexión. Lo han vuelto a hacer: los prestidigitadores de pelotitas nos dan lecciones vitales que trascienden de los recintos deportivos. A destacar: un equipo entregado a su causa, con vocación de hacer bien su trabajo y la férrea convicción de vencer a la adversidad a base de tesón y coraje. Un grupo humano heterogéneo que se mantiene unido por encima de individualidades y que con esta amplitud de miras consigue cumplir sus objetivos, sus metas, sus sueños.
Ojear la prensa y entre tanta noticia cansina y tanto pelma reiterativo encontrar en portada la fotografía del triunfo español, me motivan a escribir sobre ello. Que Pablo Iglesias sugiera que todos utilizamos a la Selección en nuestro favor termina por convencerme de que es la temática adecuada. O comprobar que los halagos a la actuación modélica de los que representan a tu país copan las portadas de las publicaciones europeas más prestigiosas. La imagen de liderazgo internacional que proyecta la consecución de campeonatos de relevancia sería inalcanzable ni con la más hábil campaña de marketing jamás ideada -por supuesto, impagable en términos económicos-. Bendito deporte que consigue reiteradamente lo que otros destrozan con su torpeza e incompetencia.
Es fabuloso lo que unos tíos en una cancha de baloncesto, un campo de fútbol o una pista de tenis son capaces de provocar entre el maltrecho ánimo de los hastiados españolitos. Nuestros bravos deportistas logran una vez tras otra lo que nuestros dirigentes torpedean: éxitos de equipo, alegría generalizada, esperanza permanente, ilusión desbordante, unión sin fisuras y orgullo nacional. Y todo ello nos hace inmensamente felices. Porque la apabullante mayoría sí nos sentimos españoles y no solo en noches triunfales. Que tomen buena nota quienes se sientan aludidos.
Mientras los chicos de rojo y el resto de nuestros inconmensurables deportistas brillen con sus triunfos, nuestro país será objeto de admiración mundial y compensarán -en parte- los dislates de los que representan a sus siglas, que no a los ciudadanos.
Tanto la victoria épica contra Francia como las recientes gestas de la Selección Española de Fútbol han constituido un acontecimiento nacional con gran seguimiento, repercusión y participación social. El ejemplo colectivo y la actitud combativa de los flamantes campeones de Europa hay que mantenerlo vivo. Cualquier mención sobre Pau Gasol resulta insuficiente: un tipo que todo lo ha ganado, TODO, con una chequera rebosante, que podría retirarse a disfrutar de las rentas el resto de su vida, y ahí lo tenemos, exhibiendo agallas, demostrando compromiso, esfuerzo, orgullo y huevos para echar sobre sus espaldas el peso de un equipo, la ilusión de un país y salir victorioso del envite. Y haciendo gala de una exquisita educación elemental: en el triunfo y en la derrota. ¿Alguien lo vio cachondearse de los franceses tras su epopeya? Pues eso. Modelo de comportamiento y actitud ejemplar.
Está en nuestras manos avivar el espíritu de estos guerreros de pantalón corto, ánimo valeroso y enorme corazón: creyendo en nosotros mismos, siendo constantes, disciplinados, superando los contratiempos, manteniendo la unidad, sacando lo mejor de cada uno, siendo fieles a unos valores, luchando hasta el último suspiro y conservando la humildad se consigue lo soñado no solo en el baloncesto, sino en cualquier otro ámbito.


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