Una semana después de Pau Gasol

25/09/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

Pau Gasol esculpe nuestra felicidad, es capaz de forjarla entre sus anchos hombros de titán desmedido, de esa espalda anchurosa que también suena homérica, como si hubiera llegado a las murallas de Francia navegando en unas cóncavas naves y así hubiera logrado hacer entrar su gigantesco caballo de madera en las calles de Troya. Pero no ha sido así, porque no fue el triunfo de la picardía a lo Odiseo, sino una especie de fortaleza y corazón en juego de palabras, en su baile de plata sobre el yelmo encendido. Nadie como Gasol para sacarnos de la mediocridad de unos días sin luz, con un comienzo de curso que puede dar, a veces, cierta sensación de cansancio y pereza, con esos líderes independentistas que no ven más allá de su propio interés –olvidando a su propia población-, y de un 2016 que nos parece demasiado duro en su horizonte, con el anticipo de las elecciones autonómicas catalanas y su bucle de eterno retorno hacia el hartazgo y el fantasma de las generales, nada menos que en plena Nochebuena: quizá un poco después, o un poco antes. Ante esta perspectiva, con todo esto dolor metálico en el pensamiento individual, de pronto viene un bloque de grandes jugadores de ese enorme deporte que es el baloncesto, tan alejado del sensacionalismo futbolístico, y nos regresan a la cancha del barrio, a ese apretar los dientes ante tipos más grandes que nosotros, más fuertes y más rápidos, pero quizá con menos corazón. A eso hemos vuelto hace muy pocos días desde el sofá de casa, la mesa de la cocina con los restos de pizza o el bar de barra convertida en la celebración de una espuma que vale por los ganchos de Pau. A eso hemos llegado, a volver a sentir la emoción primigenia por ganar un partido que han librado otros, que han levantado otros, pero que también guarda la magia colectiva de un aliento lejano, con un pulso de nubes dentro de la mirada al terminar.

Desde que ganaron aquel primer Mundial junior, esta generación nos ha dado el laurel, nuestro ruido sin furia, una emancipación de las derrotas no sólo en las canastas, sino también fuera de ellas. Amamos a estos chicos que nos hacen mejores, hemos vuelto a creer en Pau Gasol. Al final volvimos a ganar la medalla de oro, pero la literatura estaba escrita desde el partido ante Francia. Aquí está la grandeza, como su sencillez, porque el deporte nos trae nuestra propia metáfora para seguir viviendo.

Este tipo altísimo, mucho más que catalán y español, con sus 40 puntos y sus 35 años de pundonor, garra defensiva y valor atacante, nos recordó hace solamente una semana que todos conservamos, todavía, ese mismo ardor dentro del pecho. Cuando lo golpeaba con determinación, con rabia de vivir y de escribir su épica sin otra narración que sus acciones, quizá todos sentimos que podíamos marcar una hora propia, afilar el designio de nuestros días difíciles, y curtirlos al sol.

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