Las cosas son como son y no como les gustaría a algunos que fueran. Los resultados en Catalunya están claros: votó más gente que nunca y el resultado fue contundente: casi el 48% de los votantes lo hicieron por partidos que propugnan la independencia mientras el resto de formaciones se repartía un voto muy fragmentado (cuya lectura no puede interpretarse como un respaldo al unionismo, al menos por lo que se refiere a la coalición de Podemos “Si que es pot”).
Ahora ya no se puede hablar de mayoría silenciosa para ignorar a los catalanes partidarios de la independencia, su fuerza está medida en votos. La prensa internacional coincide en recoger la contundencia de la victoria de las fuerzas secesionistas mientras que las lecturas que se hacen en España son muy diversas –algunas pintorescas- para no reconocer la evidencia. Es evidente que España tiene un problema y que hace falta mucha política, mucho diálogo y mucha “finesse” para encontrar una salida, el problema es si hay dirigentes políticos capaces de llevar esta negociación a buen puerto o siguen (como la noche del domingo Pedro Sánchez) escondiendo la cabeza como los avestruces para no afrontarlo.
Las urnas condenaron al PP al espacio de la extrema derecha intransigente mientras el discurso seudojoseantoniano con sus ribetes sociales de Albert Ribera sale de Catalunya como alternativa real en las próximas elecciones generales y teniendo a un resucitado PSOE (cuando todo apuntaba a un gran batacazo salvaron los muebles). En cambio ha quedado fuetremente tocado la formación de Pablo Iglesias que incluso ha perdido dos escaños de los que consiguieron en solitario sus socios de IC hace tres años. Si alguna cosa ha demostrado Pablo Iglesias durante la campaña es el desconocimiento de la realidad catalana (defecto que también han mostrado la mayoría de visitantes) y la inconcreción de sus planteamientos. Ello puede ser un presagio de que el papel de esta formación en el futuro mapa político español su protagonismo puede quedar reducido en el mejor de los casos al de acompañante.
Para los políticos estatales parece que las elecciones catalanas son agua pasada cuando en realidad cualquier elección tiene sus consecuencias y en este caso el problema se ha engrandecido. Curiosamente tanto los dirigentes del PP catalán como los de Ciudadanos nada más cerrarse las urnas cambiaron de idioma y se pasaron al castellano, es toda una premonición de los intereses de unas fuerzas que han quedado a miles de votos de los ganadores, pero su partida es otra y parece que les gustaría olvidarse del problema catalán. Pero les apetezca o no, tendrán que abordarlo por que –como gustaba recordar Anguita- “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”.
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