Cataluña de nuestros amores

28/09/2015

Carmela Díaz.

masY tras el reflejo de la inquietante luna roja que gobernó los cielos de la Península aquella madrugada y las omnipresentes elecciones autonómicas catalanas, España amaneció tranquila. Sonó el despertador, nos duchamos, vestimos, desayunamos, soportamos los matutinos atascos de rigor, fuimos a trabajar (los que podemos), los teléfonos sonaron, la tecnología funcionó a pleno rendimiento, las redes ardieron de ingenio impostado, los enamorados suspiraron, los majaderos lo seguían siendo y los compañeros pelmas mostraron su estridente sonrisa al dar los buenos días. Los desempleados permanecieron en paro, los infantes en el colegio, y los enfermos, en el hospital. El acabose o el nuevo mundo, según el cristal desde el que se mire, deberán posponerse para futuribles acontecimientos.

Análisis sobre los resultados de las autonómicas catalanas podemos extraer miles: tantos como intereses particulares de cada actor del proceso. Pero lo que ha quedado cristalino es que tras largas tres décadas de machacona manipulación, de trampas y simbolismos artificiosos por parte de los que se autoproclaman mesías de patrias en ciernes, ni siquiera el cincuenta de la población los secunda. Aunque los porcentajes de los que desean independizarse de los que no, se hallan a la par: la fractura social en la sociedad civil catalana es un hecho, resultando significativo el patente rechazo al independentismo en las principales ciudades y núcleos urbanos. Mas -cuyo liderazgo se tambalea- y acólitos -aguardando como carroñeros por si habemus cadáver político- deberían reflexionar: en su obcecación por fracturar España han quebrantado a la Cataluña de nuestros amores. Pero a pesar de este tibio desenlace de estas plebiscitarias veladas, el taimado de Artur ha conseguido dominar la actualidad informativa de España: todo ha girado en torno a sus santas ocurrencias.
¿Y cómo han despertado el resto de protagonistas del sainete? Podemos ha vuelto a ser sobrevalorado en las erráticas encuestas previas mientras resulta inequívoco el nuevo batacazo del PP (tras el bofetón de las europeas) a escasas semanas de las elecciones generales. ¿Y Mariano? Persistiendo en su miopía galopante sobre lo que está aconteciendo en la sociedad española. El presidente sigue sin advertir que lo tiene crudo entre los votantes menores de cuarenta años. Que no van a llover las papeletas favorables a su partido por inercia astrológica porque los partidos emergentes le han ganado la partida entre las nuevas generaciones. Que la renovación no pasa por exhibir catódicamente a un par de rostros treintañeros procedentes de la cantera partidista. Estos fichajes no van a despertar enérgicos entusiasmos: más bien al contrario. Aborrecemos a los cachorrillos populares que exprimen la teta estatal desde la tierna juventud. Incluso mantener a sus votantes tradicionales (más allá de los hooligans) tampoco va a resultar fácil. Pedro Sánchez ha estado más avispado: se está empleando a fondo jubilando a contrarreloj a las antiguallas socialistas.

carmelaSin obviar que Mas y adláteres han ganado unas autonómicas -que no unas plebiscitarias-, entre el paseíllo de iluminados, profetas, elegidos, sobreestimados, ciegos y demás fauna que pulula por el panorama político, se erigen meritorios vencedores adicionales: Ciudadanos. Albert Rivera y los suyos han triplicado votos pese al apagón informativo autonómico y nacional al que se ven sometidos de manera recurrente. Sin contar con apoyos mediáticos ni institucionales, auparse como segunda fuerza en Cataluña tiene un valor incuestionable. Se abre el telón de las generales y Rivera se consagra como un candidato en alza para la presidencia del Gobierno.

Entretanto, el día después, entre aciagas profecías incumplidas, personajes que enredan en vez de resolver, tras una apabullante presión social orbitando a la catalana, la vida de los españoles prosiguió su curso. Aunque se encontraban hasta la entrepierna de traumas identitarios, emancipaciones a la carta y victimismos territoriales. Una pereza máxima, un hartazgo supino respecto a la guerra de las banderas dominaba el ambiente. Y una pregunta flotaba en la memoria colectiva: corruptelas flagrantes y mordidas aparte, ¿quién, cómo y por qué ha financiado este delirio?

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