Sabíamos de la perfección de la industria automovilística alemana, con Volkswagen como referente mundial y las marcas premium Audi, BMW, Mercedes… todas alemanas. Envidiada por el resto de los países y dándonos lecciones de supremacía en cada nuevo modelo que sacaban al mercado, por la última innovación, la penúltima sofisticación… Y resulta que al menos el gigante alemán ha resultado ser un tramposo, un manipulador de software con el que esconder su impotencia de reducir las emisiones de CO2 de uno de sus motores de diésel.
Dada su credibilidad, al ser pillado in fraganti, su caché mundial se ha desmoronado en las bolsas de todo el mundo. Habrá que ver a partir de ahora, desde que el fiasco se ha hecho patente, su credibilidad en los concesionarios. No sólo de los vehículos de la marca VW, sino también de las empresas que ha ido comprando a base de credibilidad como Audi, Seat, Skoda y hasta su marca de vehículos industriales. Pero también al resto de fabricantes que nos aseguran que las emisiones de CO2 bajan cada día y por ese esfuerzo nos cobran la parte correspondiente en el nuevo coche adquirido.
Los ciudadanos que estamos hartos de oir hablar de transparencia hemos aprendido la lección de nuevo. Por más folletos, manuales de fabricación y detalle de cada componente ni Einstein hubiera descubierto el fraude, porque nos fiábamos de Volkswagen, creíamos en el fabricante alemán -y subrayo lo de alemán- dueño del mercado mundial.
Pese a ser los mejores y ser alemanes engañaron a clientes y supervisores. Cómo no dudar ahora de cada uno de los componentes de un vehículo: ¿cada cuánto realmente debo cambiar el aceite? ¿seguro que no están bien las zapatas?… ¿tenemos los niveles de seguridad necesarios que nos dicen…?
Y claro está, también nos asalta la gran pregunta: ¿estarán haciendo lo mismo el resto de los fabricantes, no ya en el software sino en cualquiera de los dispositivos que nos aseguran que lleva nuestro automóvil?
Sin duda, Volkswagen ha hecho temblar a Alemania porque se trata de su mayor industria, de la que presumen de un extremo a otro del planeta. Su industra del automovil era su «marca Alemania» y daba la fiabilidad al resto de los productos que se fabricaban en el país. Era sinónimo de calidad y precisión. Era casi, casi, su ADN. Y ahora ha resultado ser una estafa.
Otra estafa más, que está aparcada en nuestras aceras y nuestros parkings. Como estafas resultaron Lehman Brothers, las hipotecas basuras, la burbuja inmobiliaria y todo el agujero que fue acumulando el sistema financiero.
De momento han empezado a entonar el mea culpa, con la marcha de su presidente y su compromiso de resarcir a los millones de clientes que han sido engañados. Pagarán por todo, pero ya no podrán comprar su credibilidad.
¿A quién creer a partir de ahora? Ya sabemos que muchos de los colosos que conocemos tienen pies de barro, y además les huelen mal.
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