Inés Arrimadas no se licenció en Derecho y Administración de Empresas por la Universidad Pablo de Olavide. No ejerció de consultora de operaciones y estrategia en el grupo D’Aleph durante ocho años, ni fue responsable de calidad y administración en el grupo MAT. Inés Arrimadas no ingresó en 2011 en Ciudadanos como militante de base, y tampoco ha ocupado varios cargos orgánicos en la organización de su partido. Nunca ha sido miembro del Comité Ejecutivo y de la Junta Directiva de la Agrupación de Jóvenes de Ciudadanos, ni se hizo responsable de sus relaciones institucionales. Nada de eso. Si lo han leído por ahí, es completamente falso. Ni siquiera fue elegida diputada autonómica del Parlamento de Cataluña en 2012, ni fue elegida portavoz de su grupo en las Comisiones Parlamentarias de Empresa y Empleo, Políticas de Lucha contra el Desempleo, Igualdad, Juventud, Consejo Asesor del Parlamento sobre Ciencia y Tecnología y en la Comisión de Investigación sobre la quiebra de Spanair. Si alguien les ha contado que ganó la segunda posición en la categoría de “Joven Europeo del año 2014” de los Premios Leader, concedidos por la Alianza de los Demócratas y Liberales en el Comité de las Regiones de la Unión Europea, les ha engañado completamente: tampoco esto es verdad. Si alguna vez han creído descubrirla en televisión, o escucharla en la radio, defendiendo brillantemente sus argumentos, con una retórica ligera en el planteamiento pero con tensión de bisturí, también se han equivocado: no era ella. Para terminar, Inés Arrimadas no fue elegida candidata a la presidencia de la Generalitat para estas últimas elecciones al Parlamento de Cataluña, ni tampoco ha obtenido los mejores resultados del 27-S, teniendo en cuenta el crecimiento de su electorado. No es verdad. Inés Arrimadas es, únicamente, un buen par de piernas y un rostro de plácida belleza.
A tenor de las informaciones recogidas estos días en algunos medios de comunicación, los enfoques y también el perfil sexista de la noticia, da la sensación de que este país, en el fondo, no ha avanzado nada en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Tienes ahí a una mujer brillante, que ha invertido los 33 años de su vida en llegar a serlo, que sabe defender su posición con inteligencia y con recursos verbales y jurídicos, que tiene toda esa fuerza de una juventud bien asentada y una madurez en su manera de dosificarla, y todo el objetivo se encamina a subordinarla a Albert Rivera, a retratarla como una marioneta, en su sombra difusa, con esos hilos tibios manejados siempre por el hombre mayor que protege su desvalida sombra. Y eso, cuando no se carga toda la naturaleza del discurso en el gran argumento de su atractivo físico, como si el único valor de esta mujer joven y valiente estuviera en su cuerpo.
A uno pueden gustarle las mujeres nada, poco o mucho. Pero cuando tienen un mundo que ofrecer, hasta la posible sensualidad se queda a un lado, o quizá se potencia de una forma mucho más sutil: desde la admiración, desde el respeto, cuando elevan la voz sobre la realidad para así proyectar un nuevo universo colectivo. He conocido a mujeres como Inés Arrimadas: hermosas, sí, pero sobre todo muy trabajadoras, con una mezcla potente de osadía y responsabilidad. Mujeres que han triunfado en mundos masculinos, que nos siguen demostrando cada día que pueden ser y son mejores que nosotros, y que también cada día tienen que seguir soportando un machismo a veces sibilino, a veces estruendoso, como está sucediendo estos días con Inés Arrimadas.
Las mujeres como Inés Arrimadas, con ese perfil determinante, nos mejoran la vida, nos la vuelven más digna, porque nos obligan a enfrentarnos con nuestros fantasmas masculinos. El tratamiento discriminatorio que se está dando, de nuevo, a una mujer brillante, por el mero hecho de ser mujer, y encima guapa, no la retrata a ella, sino al patetismo de sus glosadores. Afortunadamente, una nueva mujer plena se abre paso en la luz del talento y la feminidad.
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