Porque, disculpe la crítica mundial, La muerte del padre de Karl Ove Knausgard me está pareciendo una cháchara interminable desprovista de la más mínima hondura real.
A ver.
Se lee razonablemente bien.
Es un relato minucioso de pedacitos de vida y, en algún momento, podemos vernos a nosotros mismos fumando con los mismos ademanes melancólicos de Karl Ove.
Pero.
¿Proust?
¿Esto es Proust?
Lo han dicho los principales suplementos literarios.
Creo que Arcadi Espada está conmigo y considera a Karl Ove un bluff. Sin embargo, no tengo claro que Arcadi sea buena compañía.
El caso es que la primera novela de Mi lucha, ciclo narrativo en el que Karl Ove nos cuenta episodios clave de su existencia, me resulta (de momento) frustrante.
Soy un bocazas, lo admito. Hablo antes de tiempo.
Prometo que si, al final del todo, me gusta La muerte del padre, escribiré la reseña que se espera de un reseñista sensato, al cual se le pide (como mínimo) que se acabe el libro.
Ah, claro.
¿Y los libros que no acabamos?
Los reseñistas también somos personas humanas.
La verdad es que Karl Ove queda muy bien en las fotos, tan nórdico y siempre en modo madurito interesante, con el rostro esculpido como en piedra. Quién pudiera.
Sin embargo, cosas como el extenso y (repito) minucioso relato de una Nochevieja que se fue, cuando era adolescente, buscando fiesta por ahí, no me lleva a ninguna parte.
Hombre, sí.
Lleva a rellenar páginas y hacer felices a sus editores porque, contando con profusión de detalles este tipo de naderías, Karl Ove puede lograr una bibliografía de mil o un millón de libritos.
Lo que no sé es como recuerda Karl Ove con tan precisa exactitud el jersey que llevaba su padre una mañana de otoño de hace 30 años y a la mañana siguiente y a la otra, y también el detalle de la hebilla del cinturón y qué desayunó el día de Navidad de 1989, por poner un ejemplo.
Ya, ya, es literatura.
En fin, no estamos al nivel de Jöel Dicker (el mayor villano de la literatura reciente) pero en lo de Karl Ove aprecio cierto nivel de impostura.
O sea.
Las comparaciones son odiosas, sí.
No obstante.
¿De verdad Karl Ove tiene derecho a sentarse en la misma mesa que Philip Roth, Coetze o Martin Amis?
Vale, vale. Seguiré leyendo.
Yo sólo quería abrir un debate.
Estoy dispuesto a aceptar eso de Para gustos, colores y zanjamos el asunto.
Me ha pasado también con Javier Cercas y todo el mundo (salvo yo) le considera el mejor escritor en español que hay en Barcelona e inmediaciones.
A Roberto Bolaño también he de darle una nueva oportunidad.
Nadie es perfecto.
Ni siquiera entiendo la primera página famosa de Proust y la magdalena.
Pero, en serio, ¿Karl Ove?
Hay seis novelas que tiene este escritor para ofrecer a la humanidad y la humanidad las está leyendo y las va a leer con verdadera delectación.
Algunos hablan de sobriedad para calificar su modo de abordar asuntos cruciales. Yo sólo veo una descripción metódica de instantes tras la cual no vislumbro absolutamente nada.
El mensaje que quiere transmitir Karl Ove, supongo, es que joder cómo pasa la vida. Supongo.
Voy a seguir intentándolo.
A ver si me pasa como con Leonardo Padura, al cual reproché ser tan prolijo en El hombre que amaba a los perros y luego se ha convertido en uno de mis autores favoritos. O con Salter, de quien no me gustaron sus cuentos y me apasionan sus novelas.
Aún así, quería dejar constancia de mi (por ahora) desacuerdo con la corriente de opinión mayoritaria.
No entiendo lo de Karl Ove.
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