Una visita a Fernando Quiñones

02/10/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

La primera vez que vi a Fernando Quiñones fue en la playa de la Caleta, en 2005, un 31 de diciembre que pasé en Cádiz, caminando una tarde ya de anochecida, con el sol enfrentado con nosotros en una luz de cobre y temblor frío. Lo recuerdo ahora, en este octubre todavía caluroso, en un acecho de literatura. Andábamos, como siempre se anda en fin de año, huyendo casi a tientas de nosotros, de nuestra sombra larga, que era también la sombra del año y la resaca del año. Yo no pensaba en Quiñones, claro, y creo que ni siquiera estaba pensando en Cádiz: pensaba, como siempre, en otra cosa, estaba en otra cosa, y todo parecía accidental. Hablar de la belleza de esa playa, y de ese atardecer, es querer tocar la perfección. Digamos que quien lo ha visto ya sabe de qué hablo, y quien no lo haya visto le está faltando prisa para verlo. Sin embargo, hay que decir que no era un atardecer convencional, quizá por una niebla mortecina que había venido a ahorcarse ante nosotros, a desmayarse en el mar, exprimiendo las ubres de un sol lánguido, cansino y acabado, que era una brasa limpia.

Alguien mencionó la hora, porque había que regresar al parador y prepararse para la cena. Sin embargo, estábamos tan bien con esa luz, celeste y neblinosa, y hacía un frío tan suave, tan armónico, que decidimos andar un trecho más. Fue entonces cuando vi, a lo lejos, una silueta. Hasta entonces no nos habíamos cruzado prácticamente con nadie: había sido un paseo solitario y lúcido. Quizá por eso, al principio, me fijé más en aquel hombre: porque era un hombre, caminaba con las manos a la espalda, o quizá en los bolsillos, y su cabeza iba tocada con una gorra. Eso fue todo lo que pude distinguir, entonces: un bulto oscuro, recortado en la lumbre última del día, visto a contraluz, que parecía venir hacia nosotros y, curiosamente, no avanzaba nunca.

Fue así como me encontré con Fernando Quiñones. O, para ser más exactos, con la estatua de Fernando Quiñones, porque el Quiñones físico ya había muerto varios años antes. El físico, que no el literario, porque entonces yo ya había leído una selección de relatos, que compré de saldo, muy joven, en su primera edición en la antigua editorial Novelas y Cuentos, titulado Sexteto de amor ibérico, que me había llamado la atención por su perspicacia sensorial y la capacidad narrativa en unas líneas, la exquisitez de la sugerencia y la sabiduría con que nombraba el combate continuo del amor, a menudo sangriento. Más recientemente, el mismo año de su muerte, también había leído su última novela, titulada La visita, en la que Quiñones fabula un encuentro imaginario entre un anciano Clarín y un jovencísimo Marcel Proust que ha acudido a Oviedo para conocer al maestro. El encuentro de los dos hombres, la sensibilidad de ambos y sus percepciones como narradores, uno de la verdad vital y otro de la verdad del lenguaje, serviría de delicada acta notarial para todo el testamento de un Quiñones ya enfermo, testamento también de verdad vital y de lenguaje, esculpiendo su voz hasta el final.

Somos, en esencia, una única voz. Somos también un nombre, y poco más. No hay nada más. No sé si la última novela de Quiñones, La visita, es su mejor novela, porque su obra es vastísima y él era un autor muy torrencial, y eso hace que aumente su misterio, que se puedan encontrar, hoy todavía, cantidad de títulos perdidos de Quiñones en cualquier librería de viejo, libros de otros años y otras vidas.

Si sé, sin embargo, que La visita es una de las novelas más valiosas de la segunda mitad de siglo escrita en español, y que su lectura me sirvió para entender cómo era posible concebir la metaliteratura también como trasunto de uno mismo, como máscara inversa de uno mismo. También sé que ese 31 de diciembre, el del año 2005, yo también le hice una visita a Fernando Quiñones: poco después de llegar hasta la estatua, que estaba a pie de calle o de paseo marítimo, le pasé el brazo por los hombros, como se hace con cualquier amigo a quien no se ha visto en mucho tiempo, y le pedí a mi padre que nos hiciera una foto juntos. Quedó bastante bien, y los dos salimos sonrientes. Así fue mi primera visita a Fernando Quiñones. La primera de muchas.

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