El Lobo Estepario de Costa Rica

05/10/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

En El Lobo Estepario, de San José, la poesía se cumple. La frase no es exactamente mía, ni exactamente así: se debe al poeta hondureño José Luis Quesada y viene a ser que la poesía se cumple, sin más, lo que no es poco. Que la poesía es la luz pura con su voracidad de espasmos y minutos, el milagro añadido a la voluptuosidad del paisaje selvático, de toda la turgencia acumulada por las hojas carnosas con su vapor ligero. En mitad de la Feria del Libro de San José, llegar al Lobo Estepario, el mejor bar de Costa Rica y uno de los más creativos de Centroamérica, por su bohemia cómoda y amable, sin alardes y con profundidad, con gentes que vertebran el poema vital en el sorbo fornido de una Pilsen, es la calma y es la excitación. Un bar, restaurante, sala de conciertos y de recitales poéticos, con los mejores nachos de San José y una disposición a la aventura de la amistad nocturna, con el amanecer que se provoca entre versos dolientes, con su letra cansada, asistiendo a un destello formidable. Un lugar en el que, como escribió una de sus propietarias, la también escritora Paola Valverde, no sólo los clientes que acuden puntualmente a escuchar versos son poetas, sino hasta los mismos camareros: como Manuel Luna, que saca de la barra un libro inédito, con versos como fogonazos llameantes de experiencia, ardor y prosa rota. O como el otro propietario, además de editor y también ideólogo espiritual de la literatura como acto de transformación social, el hondureño Dennis Ávila, que tocó la historia de la sed para luego asumirla como propia, en una disección del continente como teatro de la realidad, con su sangre sin cauce, con su verdad abolida en la historia oficial en los meses calientes, cuando la realidad arroja mangos, botellas de agua y luz a los trenes huidizos, con los rostros hundidos en su propio espejismo. Allí uno puede encontrarse con viejos amigos como los poetas Norberto Salinas y Julieta Dobles, y también con otros de una nueva tensión, entre el señor Pound y la muchacha que lloraba escuchando a los Beatles, de poetas jóvenes y dueños de un discurso singular, como David Cruz y Juan Carlos Olivas, que escriben y respiran un acecho libre de la fugacidad, convertida en lenguaje.

El Lobo Estepario es un espacio concebido para ser radicalmente feliz. Merece la pena embarcarse en Madrid y pasar las diez horas de viaje leyendo el nuevo libro de José Luis Quesada, con su pulso interior en su verdad honda y sencilla, titulado El hombre que regresa, para ser también, nosotros, el hombre que regresa a Costa Rica, llegar hasta su puerta y franquearla, asomarse a esa barra y escuchar el latido de sus conversaciones. Actores a la salida de sus propias funciones, músicos, cineastas, autores de teatro y novelistas, todos acabarán su mejor noche en cualquier salón del Lobo. Volveremos allí, con un nuevo equipaje, para vibrar de nuevo con su calor de aullido.

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