La inmovilidad sólo conduce a la inmovilidad. El dolor nos apaga, nos anega, nos ocupa y revienta, nos concentra y nos lastra en su espiral rotunda, como un golpe en la frente y en el corazón, porque nos aturde en su complejidad, en su turbia franqueza, en la lenta molicie con las piernas curtidas por varices cansadas, en su propia hinchazón. Necesitamos otro dinamismo, su ritmo vertical, son conciencia de cambio y flexibilidad. Necesitamos tener la impresión de que la situación puede alterarse, aunque asumamos riesgos por la voracidad de la actualidad implacable y por la terca resistencia que las propias víctimas tienen, comprensiblemente, al cambio de visión. Necesitamos pasos con la honestidad al frente, con tensión entre osadía y creatividad, entre pulso y enigma, entre seguridad y vértigo anhelante con las heridas cicatrizadas en el tiempo adelante.
Nadie sabe lo que estará pasando ahora mismo por la cabeza de Arantza Quiroga, que quizá vive su peor momento como líder del Partido Popular de Euskadi después de haber decidido constituir una ponencia con EH Bildu. Ya el tema se las trae para buena parte del PP, porque la propia articulación de una ponencia, sea por la Paz o por la Libertad, en compañía de Bildu, es algo difícil de asumir por los populares y sus comentaristas entusiastas, a menudo más populares que los mismos populares. Pero es que la ponencia, encima, no exigía la condena de ETA, y aquí estaba el escollo principal, y también la propia pirueta de Arantza Quiroga, que se había lanzado al ruedo de la innovación moral. El asunto no es fácil, porque no puede serlo con la mesa forense todavía caliente después de tantos muertos por el terrorismo. Sin embargo, había ambición en la propuesta, y una honestidad en quien buscaba un paso adelante en el afianzamiento de la convivencia. Me imagino que Quiroga pensó que era otro paso, porque la izquierda abertzale acabaría condenando más adelante el uso de las armas. Sin embargo, la prohibición del presidente del PP en Ávala y ministro de Sanidad, Alfonso Alonso, determinó la decisión de Génova de forzar su rectificación pública. Hoy no ha acudido al Parlamento Vasco porque, según su entorno, ha pasado una mala noche.
Después de la desautorización, la popular se ha quedado sola. Parece ser que ya ha puesto su cargo a disposición de la dirección nacional, que le habrá pedido que aguante, al menos, hasta las elecciones generales del 20 de diciembre. Cuando alcanzó su liderazgo, Arantza Quiroga proclamó: “Quiero tener las manos libres”. Y las tuvo, especialmente para marcar distancias con la dirección anterior y la fuerte presencia, comprensiblemente dolorosa, de María San Gil y el recuerdo de Gregorio Ordóñez. Ahora todo el mundo se ha echado encima de Arantza Quiroga, que todavía no se ha referido a ETA como ”Movimiento Vasco de Liberación” ni ha acercado a decenas de presos terroristas al País Vasco, medidas ambas que fueron oficiadas por Aznar.
No sé cómo se va a solucionar el mañana que está por escribir, pero sí que esta mujer valiente y decidida, que ha asentado el PP y su porción de convivencia en el siempre difícil territorio vasco, quizá se merecía otro tratamiento de la siempre indolente dirección nacional. Prescindiendo de la dialéctica habitual de Alfonso Alonso, y pensando en la disposición inteligente de Quiroga afrontando la situación de frente, su inteligencia puede estar en contemplar todos los movimientos de esta partida infinita.
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