El rugido de José María García, “Gooool en las Gaunas”, interrumpiendo a sus corresponsales es, quizás, la frase que mejor define esos partidos de domingo de los años 80 y 90, a las 5 de la tarde. El que fuera grito de guerra en aquellas tardes de radio, vuelve hoy como canto de nostalgia -grabado en la memoria colectiva- de un tiempo en que el Logroñés era un fijo de Primera División.
Cuando el equipo bajó a los infiernos, la capital riojana perdió la pasión por el fútbol y los goles en Las Gaunas ya no se cantaron igual. Pero los ecos de ese aullido, casi musical, aún resuenan entre grupos de amigos cuando alguno, ya por la tercera ronda, corea la repetida imitación.
Me he metido en carretera para ir a ver in situ el España-Luxemburgo y me ha disuadido el atasco monumental, fruto de la tarde otoñal y el largo puente del Pilar, que han animado a la gente a acercarse al tiesto, prueba de que la recuperación económica, de la que presume –y hace bien- el Gobierno, está alcanzando al común, aunque todavía se vea en los coches mucha tartera -tortilla de patata y filete empanado- para sortear el inatacable restaurante. Que no se extrañe nadie, porque eso es lo que hacen los turistas holandeses cuando vienen a nuestro país. ¡Buenos son!
Los jugadores luxemburgueses no se saben la letra de su himno y hacen muecas para disimularlo en tanto que los españoles miran circunspectos cuando suena el suyo, sin letra. Hoy faltaba Ramos, que es el único que entra en éxtasis con los acordes de la Marcha Granadera. El deporte de los piperos consiste en escrutar en la tele de casa a los del Barça, en busca de algún mohín, sobre todo, de Piqué.
Pero este -hijo de un abogado y de la Jefa de la Unidad de Daño Cerebral de un Hospital de Barcelona- es un profesional que no ha fruncido el ceño, ni durante el himno ni en los 90 minutos del partido, a pesar de la música de viento, que se ha vuelto ya tan recurrente que uno se pregunta la verdadera razón de ello. Parece que le pitan porque no soportan su falta de disimulo en el tema catalán. Y es que su presencia en la Meridiana, manifestándose con los soberanistas, con ocasión de la Diada, atestigua una querencia clara.
Con todo, a mí no hay quien me quite de la cabeza que detrás de las bocinas se oculta algo tan español como la envidia; porque los silbidos han arreciado desde que es novio y padre de los hijos de Shakira, las caderas anchas más sensuales de América Latina. Y eso de la apetencia de lo ajeno es algo muy latino y de difícil arreglo. No obstante, tal como está el tema catalán convendría no espantar a los más templados con muestras de rechazo, porque una de las cosas de las que se quejan –puede que con razón- es de que no se les quiere en el resto de España.
Al final del partido, se terminaron imponiendo los que le jaleaban sobre quienes no habían dejado de silbarle. Eterna rivalidad española. Belmonte (la Generación del 98) y Joselito (la nobleza sevillana); Cánovas (conservador) y Sagasta (liberal progresista), unos pitando y otros aplaudiendo al joven central de la selección española. Pero es justo anotar algo –también muy nuestro- y es que cuando Piqué se ha hecho daño en el encuentro, se ha llevado la mejor ovación de las Gaunas. Quizás eso se debía a que, por fin, le veían tendido en la hierba.
Había que ver la cara del salmantino del Bosque, con su melenilla descuidada de poeta y ese aire de orondo personaje navideño, contrariado con los pitos cansinos a su protegido. Su inmarcesible semblante de tristeza, estaba reñido con los cuatro goles encajados por los maulas del Gran Ducado, que evidenciaron su mala actitud poniéndose las botas a dar patadas, quizá para evitar salir de Las Gaunas con un tanteo de balonmano, como el que se esperaban. Lo quisieron arreglar a base de dar coces…¡que se lo digan a Silva y Morata! Y al lado del seleccionador, Toni Grande, en ese papel de actor de reparto, al lado del marqués en un banquillo, en el que tampoco digamos que la comunicación es como para tirar cohetes.
Ha sido un partido en el que los legendarios ‘orgullo y entrega’ del equipo español se han traducido en ir marcando a trompicones, al son de esa música animada y sanferminera, ‘…adiós amigo…’ que suena en los campos del norte y que tanto me recuerda a las fiestas de Íscar. Música popular, de jota y talanquera, alma de las verbenas de los pueblos de España.
Y junto al entretenimiento Piqué, otra muestra de ‘lo nuestro’: Morata el joven delantero centro de la cantera del Madrid, que se fue a la Juventus de Torino para poder jugar, de modo que, triunfando fuera, se le empezara a reconocer en casa hasta el punto de ser llamado a la selección. No obstante, hay quien ve en la convocatoria un recadito del seleccionador a la Casa Blanca. Por lo demás, Fábregas se ha relajado y no es ni la sombra de aquel mediapunta que seducía a los seguidores del Arsenal, señoritos londinenses con mucho paladar. Y cuando se ve la facilidad con la que el valenciano Alcácer y el asturiano Cazorla, han marcado los goles -de dos en dos- le viene a uno a la cabeza aquello de ‘consuma productos españoles’.
Como hemos tenido que dar marcha atrás lo hemos visto en el plasma, y eso que ya teníamos reservada la mesa en Taberna Herrerías para recuperar fuerzas después del partido, a base de pimientos de Santo Domingo y chuletillas de lechal al sarmiento, bien acompañadas con el vino de la tierra.
España se ha clasificado automáticamente para la Europa 2016, Piqué ha resoplado frente a los pitidos «nunca he dicho algo malo de este país» y en nuestro recuerdo ha vuelto a resonar ese grito que está en la historia del fútbol español.
¡Gol en las Gaunas!
Luis Sánchez Merlo

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