De los siete grandes a los siete enanitos

20/10/2015

Miguel Ángel Valero.

Cuando yo comencé en esto del periodismo financiero, en España se hablaba de los siete grandes: Central, Banesto, Hispano, Bilbao, Vizcaya, Santander y Popular. Ahora, 30 años después, está de moda en banca hablar de los siete enanitos (Bankinter, Unicaja, Kutxabank, Ibercaja, Abanca, BMN y Liberbank), aunque a muchos directivos de esas entidades no les gusta nada, pero nada de nada, esa denominación.

En el interín, el Santander, que era de los más pequeños entonces, ha engullido a Central, Banesto e Hispano. El BBVA es fruto de la integración del Bilbao y del Vizcaya, primero, y luego de Argentaria (resultado de la fusión de todos los bancos públicos: Exterior, Caja Postal, Crédito Local, Crédito Local, Hipotecario). De los siete grandes existentes en 1985, solamente quedan tres: Santander, BBVA y Popular.

La crisis financiera internacional comenzó en el verano de 2007 con el desplome de las hipotecas subprime en Estados Unidos y su extraordinariamente rápido contagio al sistema financiero mundial a través de los fondos de titulización hipotecaria y otros vehículos. España no comenzó a reaccionar hasta 2009 (creación del Frob) pero, como explica muy bien el maestro Carlos Díaz Güell hasta 2011 no se fijan nuevas exigencias de capital y hasta 2012 no se endurecen las provisiones y se recurre a la ayuda europea para rescatar a una banca que no tenía subprime pero sí activos tóxicos inmobiliarios de muy complicada digestión.

El resultado es que de las cajas de ahorro que llegaron a controlar la mitad del sistema financiero español (y que fue en el fondo una de las causas del encarnizamiento demostrado en su desaparición) quedan sólo dos grandes grupos, CaixaBank (desde ‘la Caixa’ se creó un banco que ha absorbido muchas entidades desde el inicio de la crisis) y la nacionalizada Bankia. Y algunas entidades englobadas, con justicia o sin ella, en el grupo de los siete enanitos.

El problema es que la dimensión de los siete enanitos juntos no llega a los 500.000 millones de euros. Menos de la mitad que la del Santander o BBVA. Quizás por ello con cierta periodicidad, y aprovechando generalmente foros y otros actos públicos, el Banco de España hace un llamamiento a las fusiones.

Pero resulta que el mapa actual, con la notable excepción del Santander (que solamente ha hecho operaciones internas con Banesto y Banif), es fruto de absorciones de entidades con problemas por grupos más ‘sanos’, destacando por su actividad integradora CaixaBank y el Sabadell.

Se reclama una nueva ronda de fusiones cuando la anterior no parece que haya resuelto el problema y, en algún caso, como Bankia, más bien lo ha agravado. Las entidades son más grandes, sí, pero desde luego no más rentables pese al duro ajuste de sucursales y, sobre todo, de plantilla que han hecho.

Salvo Banesco en Abanca, ninguna operación ha sido protagonizada por bancos extranjeros. No parece que desde fuera vayan a animar el mercado de las fusiones de bancos. Y la entrada en el mercado europeo, otra de las periódicas reivindicaciones del Banco de España, choca con la realidad de los proteccionismos nacionales, salvo en el Reino Unido y en Portugal, los únicos sitios donde los grupos españoles han podido asomar la cabeza.

Es cierto que ahora la supervisión de las entidades financieras españolas que tienen algo que decir está en manos del Banco Central Europeo (BCE), lo que reduce notablemente la discrecionalidad política en las fusiones de bancos, al tiempo que abre el abanico de opciones, y lo internacionaliza.

Y que hay instrumentos que antes no existían: las pruebas de resistencia, los análisis de calidad de los activos, que suministran mucha información relevante sobre la situación real de cada entidad; el Mecanismo Único de Resolución, que es el que resolverá el futuro de un banco con problemas en Europa, por mencionar algunos.

Pero no menos verdad es que la reestructuración del sistema financiero español muestra ya evidentes síntomas de agotamiento, en un entorno además muy complicado para las cuentas de resultados de las entidades: tipos en mínimos históricos que se van a mantener ahí mucho más tiempo de lo previsto, deterioro de los márgenes, menos negocio tradicional (concesión de créditos y captación de depósitos), crecientes presiones regulatorias, y auge de la banca ‘en la sombra’ y de los nuevos competidores digitales, rentabilidad muy por debajo del coste del capital.

Una fusión sirve, sobre todo, para reducir gastos mediante el cierre de sucursales y el ajuste de plantilla. Pero debe ser la palanca para incrementar los ingresos y la rentabilidad, que son las asignaturas pendientes que tiene la banca española.

Habrá que ver quién comienza de nuevo el baile, y con qué finalidad, pero es evidente que muchas decisiones sobre el futuro de la banca en España se van a tomar fuera de ella. Fundamentalmente, en Fráncfort. Lo que puede facilitar que haya operaciones transnacionales.

 

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