Un coloquio de guante blanco

23/10/2015

Luis Sánchez Merlo.

Con el morbo propio de un Madrid-Barça, el debate en un bar de jubilados, parados y currantes invitaba a sentirse parte del ‘estreno’ de este nuevo formato. Y es que dialogar en un bar es algo muy español, y más en uno de barrio, por lo que el escenario no pudo estar mejor elegido. Mérito de Evole.

En vaqueros y sin corbata –haciendo viejos a los mayores de 35- los aspirantes a presidir el gobierno, departieron sin los cuidados y melindres que tanto gustan a los ‘asesores’ y restan espontaneidad a las discusiones. Y eso, porque los que se ganan la vida vendiendo humo, tienen aprensión al descaro y la naturalidad, por lo que estudian las posiciones corporales, quién toma la iniciativa y se horrorizan cuando dos rivales confluyen en la misma idea.

El ciudadano está empachado de reyertas, ‘y-tú-más’, en los que priman el insulto y los malos modos entre candidatos, acartonados, que nunca escuchan las razones del otro. En el Tío Cuco no hubo precisamente un debate pero sí, al menos, naturalidad y buena educación.

Los colores y el encuadre hacían que Albert Rivera pareciera el protagonista de un diálogo de cine. Los opinantes, sin embargo, lo percibieron más bien como el niño mimado del IBEX, con el pelo corto y el rostro afeitado. Crecido y nervioso -con esas manos con las que no sabe muy bien qué hacer- interrumpiendo al otro, agresivo, y aunque sin mojarse en las respuestas, se presentó con las medidas bien estudiadas y presupuestadas.

Más extrovertido y concreto que su rival, dominó el ritmo y se presentó como la cara amable de ese neoliberalismo que prioriza el mercado sobre los ensueños populistas. Pero no puede evitar dar la sensación de estar aún in the waiting, lo que suple con empuje impostado pero arrollador.

Recuerda al primer Suárez -mezcla de torero valiente y chico limpio- sin trampas todavía, que gusta a la gente de este país. Y es que la carambola lo puede convertir en jefe del gobierno.

Sereno, tranquilo y conciliador, Pablo Iglesias dio imagen de persona con principios. Salió cansado, o más bien desinflado, con propuestas irreales y mal vestido. No le favorecía la imagen, a contra luz, con unos planos cuya calidad visual distaba mucho de la de su interlocutor.

Parece fundido y con el discurso trastocado, ahora que parece haber abandonado la irreverencia (disipado Monedero) tras advertir que el votante no quiere la revolución. Sabe que se ha quedado como una opción menor y no se esfuerza en ocultar que está harto, sin haber siquiera empezado. En Nou Barris, el gran Iglesias se hizo diminuto frente a Rivera. Y los sondeos apuntan a que tendrá unos resultados por debajo de los que se esperaban.

rivera iglesiasLo atractivo de la propuesta de Rivera fue representar a un partido con ideas transversales y trabadas. No se anda con titubeos en su defensa de España, tiene una idea de Estado que no admite experimentos con la unidad de la nación y está en contra de privilegios entre comunidades, como sucede en el País Vasco (donde un parado sin recursos percibe el doble que en la mayor parte de España).

No sé si el candidato de C’s reparó en que, de saque, se ponía del lado de los ricos al ofrecerse a bajar el IRPF y restar progresividad al IVA, proponiendo que el tipo impositivo sea igual para los artículos de primera necesidad que para los artículos de lujo. Como es natural, la izquierda lo impugna, argumentando que supondrá más precariedad para los más pobres y los trabajadores con salarios de miseria. Otro de los caballos de batalla de la cita electoral.

Sobre la otra propuesta estrella, la laboral, economistas de la otra orilla ya han anticipado que el contrato único no incentivará el empleo y que complementar los sueldos más bajos solo hará que se multipliquen los contratos por el mínimo y que los sueldos se completen en B.

En parte de la ciudadanía no cae bien lo que se considera una actitud prepotente, basada en liderar un partido joven sin deudas y con amistades en los bancos. Por no hablar de las propuestas de legalizar la prostitución, no subir el salario mínimo, no indemnizar, o el apoyo a multinacionales y empresarios.

A ritmo lento, Pablo Iglesias ha querido aprovechar la ocasión para aclarar que Podemos no es radical. Pero de las buenas intenciones no se derivan necesariamente dividendos en las urnas ya que los electores -cada vez más- exigen comprobar las posibilidades reales de su cumplimiento.

Defiende el blindaje del Estado del Bienestar, la justicia social y los derechos laborales. Y a quienes lo están pasando mal, este discurso les suena a gloria. Pero al tiempo, abusa de generalidades del tipo «estoy a favor del Bien y en contra del Mal» y a la hora de concretar medidas, se pierde en vaguedades.

Ven al progenitor de Podemos, con sus defectos y tics, más coherente y estadista -aunque reconozcan más seductor, en sus formas, a Rivera- y critican que la política que plantea C’s es ‘lampedusiana’, tocar un poquito las cosas para seguir como estamos y ya mejorará, fiándote de Bruselas (igual, piensan, que Rajoy).

El líder de Podemos no derrocha patriotismo y se contenta con el derecho a decidir de Cataluña. Plantea impuestos más solidarios, más transparencia en todas las administraciones, dinero para las pymes, más I+D, control de los grandes oligopolios, energías limpias y baratas, otros contratos de trabajo, otra política sobre la vivienda y la natalidad, etc.

Al inicio del debate, se bordeó el ridículo con los dos barandas apropiándose del “modelo Dinamarca». En un país más anglosajón que el nuestro, sus carreras políticas habrían quedado aniquiladas.

Sin dejar de interrumpir, Rivera ha entrado a saco, aprovechando el tono pausado de Iglesias, sin concretar en educación y sanidad. Pero si de lo que se trata es de defender y mantener el Estado del Bienestar y el reparto de la riqueza para no seguir aumentando las desigualdades, ambos manifestaron estar dispuestos a ello.

Más que una discusión, el ejercicio en ‘El Tío Cuco’ fue un contraste de opiniones entre dos personas con diferentes puntos de vista, con corrección, educación y respeto.

merloA la mayoría de esos cinco millones que lo vieron por televisión, hartos de combates de ‘raqueros’, les gustó el coloquio -de guante blanco- porque resultó otra forma de exponer ideas y proyectos, sin plasmas ni bufandeo con banderitas.

Luis Sánchez-Merlo

 

 

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