Rajoy baila solo

23/10/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

“Yo desde luego no lo haré”, asegura Rajoy, “gobernaremos si somos la primera fuerza política en España, no voy a entrar en las cosas que están otros, particularmente el PSOE”. Se refiere a una política de pactos, como ha sucedido en Portugal. Lo ha afirmado en Madrid, vindicando la lista más votada: “Es lo que siempre ha ocurrido en España y es lo democrático, aunque vistas las cosas que se oyen por aquí, ya veremos”. Sí. Entre otras cosas, porque escuchar a Mariano Rajoy hablar de democracia, reservándose la exclusiva de su legitimidad, tiene más de ironía soterrada, descarado cinismo o desvergüenza que de íntima verdad. Lo democrático no puede ser el estrangulamiento del derecho de manifestación, con una Ley de seguridad ciudadana reprobada por la ONU, ni convertir la televisión pública en el órgano más al servicio del Gobierno estatal de la historia democrática, ni negarse a firmar, con los otros partidos, un acuerdo para que el presidente del Consejo General de RTVE se nombre por consenso. Nada de esto es democrático, y por eso la palabra se le atraganta a Rajoy.

Si hablamos de democracia, lo que cuenta, con nuestra Ley electoral, es el número de escaños. Y como el pacto es legal y está admitido en la normalidad democrática, si hay una mayoría que no vota al Partido Popular en las próximas elecciones, aunque el espectro se reparta en varias formaciones, lo democrático es que Mariano Rajoy y su familia dejen La Moncloa y nuestra respiración democrática.

Pero el asunto es otro. “Yo desde luego no lo haré”, dice Rajoy. Veamos. Imaginemos la dinámica de alianzas postelectorales como el baile de graduación de fin de curso. Si un tipo no ya feo, sino el más necio y antipático del colegio, anda despotricando de la fiesta y asegura que él, desde luego, no sacará a bailar a ninguna de las chicas, no es que no lo haga porque no le gustaría, sino que ninguna querrá bailar con él. Esto le ocurre, salvando el símil de comedia adolescente, a Mariano Rajoy: no es que se niegue a ir a la fiesta del pacto o del acuerdo, sino que nadie querrá pactar con él.

Por eso se rodea de amigos en el madrileño Congreso del Partido Popular Europeo, con unos enrollados Angela Merkel y Nicolás Sarkozy, junto a un silenciado y casi escondido Silvio Berlusconi, antaño más festivo entre la lozanía adolescente. Para Rajoy, el mal está en Podemos, el PSOE y Ciudadanos: “Ahora surgen por doquier todo tipo de partidos que lo arreglan todo en media hora y que no han gobernado nunca, que salen al mercado a ver lo qué encuentran”, dice en su guateque. “Nos somos refrescos de moda, ni fiebre de un día, ni una vieja idea fracasada que se disfraza de novedad”. Efectivamente: porque para desmantelar el Estado Social y de Derecho hacía falta más.

Mientras, la asociación El Defensor del Paciente denunciaba a Rajoy ante la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo por un delito de malversación de fondos tras descubrirse que ha cargado los gastos de atención de su padre en el presupuesto de La Moncloa, frente a 417.000 españoles con dependencia que siguen esperando sus ayudas. Esta es la austeridad de Rajoy, jaleada por la Europa conservadora, su patriotismo y su idea de España. La recuperación, pero del viejo expolio de los recursos públicos para el beneficio de unos pocos. Tras tanto autoritarismo, al final también bailará solo.

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