La falta, que se justificó sin titubeo, por la férrea gobernanza de la NBA, no pasó desapercibida para quienes conocen una conditio sine quae non, regla de oro de los premios: la presencia de los galardonados en el acto de entrega.
Y tras la sorpresa inicial, las preguntas: ¿pudieron sentirse utilizados con un premio, quizá, inoportuno? ¿hubiera resultado incómoda su presencia ante el inequívoco discurso del Rey, que, justamente, pretendía lo contrario? ¿contribuye su ausencia a atajar polémicas baldías? Preguntas, por ahora, sin respuesta.
En esta primera edición de los premios ‘Princesa de Asturias’, el teatro Campoamor de Oviedo, una vez más de bote en bote, ha sido el escenario de otra simbólica muestra de la progresiva normalización de las relaciones entre Cuba y su vecino americano.
Leonardo Padura, premio de las Letras, y Francis Ford Coppola, distinguido con el de las Artes, fueron protagonistas excepcionales del acto de entrega de los premios. Se han dado la mano, se han aplaudido el uno al otro y han sellado, con un guiño, una complicidad más entre Cuba y Estados Unidos.
Con un auditorio entregado a ambos, el Teatro Campoamor recibió al escritor cubano con una ovación cerrada, antes de que iniciara su parlamento. Vestido con una sencilla guayabera de manga larga y unos pantalones claros, Padura, sentado al lado de Coppola, (el director de cine americano, creador de ‘El Padrino’ y ‘Apocalipsis now’) rememoró sus orígenes habaneros, en el barrio de Mantilla, recreándose en ‘la profundidad de una pertenencia’ y en el orgullo martiano de sus tres patrias: ‘Cuba, mi lengua y el trabajo’.
El primer cubano que recibía el premio hizo una declaración de principios ‘soy un empecinado’ y destacó las dificultades que ha tenido que afrentar: ‘ser escritor nunca ha sido fácil, en esa lucha terrible por vencer miedos e incertidumbres’.
‘Hijo de la filosofía masónica de mi padre y la fe católica de mi madre’; a los feligreses del Campoamor no se les escapó el arrojo de Padura, proclamando su ateísmo. ‘De ellos aprendí la práctica de la fraternidad, la solidaridad y el humanismo entre las personas, unos valores que he tratado de aplicar en todos los actos de mi vida’.
Nostálgico de su tierra habanera, Padura recordó a Gardel cuando, el día de su debut parisino en el Olimpia, le embargó el deseo de compartir ese tiempo con los suyos: ‘Si estuvieran aquí los muchachos del barrio’. También trajo al recuerdo su novela de hace 20 años Máscara, con la que el detective cubano Mario Conde se ganó un espacio en el imaginario colectivo español.
Pertrechado de una bola de béisbol, que ha blandido ante el publico que llenaba el teatro, lamentó que en su barrio de Mantilla, no haya podido verse por televisión el hermoso acto de entrega de los premios.
Coppola, que dejó muy claro -entre los ‘deseos’ de su estancia en Asturias- que no le pusiesen la música de ‘El Padrino’, lo que se saltaron los gaiteros, por exceso de celo agradatorio y mero desconocimiento de las pretensiones del cineasta. Se inclinó ante la Reina Sofía, en gesto de respeto y con sus vistosos calcetines multicolores y al compás de las zancadas que estampaban sus zapatones sobre la alfombra, confirmó el favor de un público previamente entregado a este grande del cine.
Cuando el rey de España pronunció la laudatio de Padura, ‘un escritor muy destacado de su generación’, se refirió a los barrios y las gentes de La Habana, a la literatura en español y a una generación que ha sufrido con intensidad. Habló del aire melancólico de su obra y de El hombre que amaba a los perros como una de sus obras mayores.
El rey no dejó de referirse al universo de Padura, que habla en sus obras ‘de las desilusiones, del fracaso, del desencanto y la corrupción y al mismo tiempo de la belleza y la serenidad de los días felices en los que flotaban en el ambiente la alegría y la ilusión’. Terminó su discurso con un sentido recuerdo a ‘la luz, los sonidos, las calles y los colores de La Habana, donde Padura construye un mundo hecho de contrastes, en el que triunfan la palabra, la literatura y la verdad’
Y el teatro se fundió con el escritor en un emocionante abrazo cuando el rey dijo que ‘los españoles llevamos a Cuba en el corazón’.
Leonardo Padura emocionado, ‘con España tengo una impagable deuda de gratitud’ y Francis Ford Coppola salieron juntos bajo el aplauso prolongado del Campoamor. Y ‘Guti’, el jefe de los gaiteros, ordenó, con gesto ritual que la Banda de Gaitas de la ciudad de Oviedo interpretase -con temblor- el himno de Asturias con el que el rey cerraba el acto, tras un pronunciamiento repleto de intención: “Que nadie construya muros con los sentimientos”.

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