La recién agotada legislatura no ha resultado fácil de digerir ni para los españoles ni para sus gobernantes. La X Legislatura de la democracia quedará marcada en la memoria colectiva por soportar una crisis opresiva, el nacimiento de fuerzas políticas emergentes, la sucesión exprés de la jefatura del Estado y la convulsa situación catalana. Si tras las Generales de 2011 nos hubieran vaticinado que en la próxima llamada a urnas acudiríamos con otro jefe de Estado, antisistemas capitaneando ayuntamientos representativos y unas siglas que ni existían acompasando el pulso de la actualidad política, nadie lo hubiese creído.
El PP no ha gobernado en óptimas condiciones pero tampoco dio su brazo a torcer. Desde sus propias filas han sido torpeados por un carrusel de escándalos que avergüenza a cualquiera, pero determinaron pasar de perfil ante la corrupción en vez de combatirla con contundencia. Desde fuera, el clamor generalizado por la regeneración política e institucional ha calado en el resto de formaciones políticas con mayor convicción que entre las huestes populares. Lo demuestra un hecho irrefutable: los tres adversarios a los que se enfrentará Rajoy por la presidencia del Gobierno son vírgenes en estas lides; y un par de décadas más jóvenes. Al actual presidente le va a pasar factura su falta de reflejos hacia todo lo que no haya versado sobre la recuperación económica; también pagará por un desapego antipático y casi displicente hacia el sentir ciudadano. La dureza de las medidas tomadas y de unos recortes despiadados, unido a la soberbia indisimulada del Gobierno en bloque, ha desembocado en un malestar general. El recital de nepotismo gubernamental y la corrupción adyacente, ha resultado inaguantable hasta para el más estoico. E incluso para el más infatigable hooligan genovés.
Fue hace pocos meses cuando los datos comenzaron a cambiar de signo. Para entonces muchísimos españoles ya habían tirado la toalla triturados por la desesperanza. A pesar de que el país comienza a despuntar y la economía vuelve a crecer, no se han conseguido aliviar las brutales cifras del paro ni se ha resuelto la situación insostenible de millones de familias. La recuperación, aunque palpable, de momento no ha conquistado la calle.
Se aproxima un parlamento rejuvenecido, poblado de nuevos rostros -demasiado bisoños para algunos carcamales que no aceptan su fin de ciclo- y un gobierno sin mayoría absoluta, cuya llave muy posiblemente dependerá del juicio de Ciudadanos. Una victoria clara del Partido Popular empujaría a Rivera a apoyar a la fuerza más votada. Pero si la diferencia de escaños entre PP y PSOE no resultase significativa, el líder catalán podría girar esa llave hacia la izquierda o la derecha de la cerradura, según su parecer.
Ese va a ser el gran reto electoral de Rajoy: conseguir la mayor diferencia posible de escaños respecto a Pedro Sánchez para evitar las tentaciones arbitrarias de terceros. Quién le iba a decir a los populares que su permanencia en el poder iba a depender en última instancia de la formación a la que tanto ningunearon y despreciaron durante años.
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