Los contactos con Rusia, Brasil y México o con miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) no se han traducido, al menos hasta el momento, en un cambio de la estrategia por parte de Arabia Saudí. Una política que es la principal causa del derrumbe de los precios del crudo en más del 50% a partir del verano de 2014 y en que no se produzca un cambio de tendencia.
Ahora. ante la próxima cumbre del cártel del próximo 4 de diciembre en Viena, los saudíes han reiterado que no cambiarán su actual política, que se basa en no reducir la producción, pese a que el mercado esté casi inundado de petróleo. Su objetivo básico es preservar sus cuotas de exportación -es el líder mundial-, y si bien lo está logrando ya que sus costes de extracción son los más bajos del mundo, es costa de disminuir ingresos y del debilitamiento de su economía.
Además de no perder mercados, Arabia se planteó desde que comenzaron a desarrollarse tecnologías alternativas, como el fracking -fractura hidráulica-, impedir su propagación antes que lograsen ser más competitivas.
Y Riad parece que va a ratificar en los mismos principios contra los recortes en la producción con el argumento de no favorecer a otros productores, en especial, a los emergentes. Estas líneas defendidas por el ministro de Petróleo, Ali al-Naimi, han contado con el apoyo de los monarcas -ahora el del rey Salman-, aspecto básico en ese país. Mientras, Arabia afirma que espera que el «sacrificio» de uno o dos años se traduzca como ya está ocurriendo en una reducción de las inversiones -emnos producción futura-, con lo que un previsible aumento de la demanda produciría una disminución de los stocks.
En este contexto, los precios del petróleo mantienen su tendencia bajista, con la Agencia Internacional de la Energía (AIE) señalando que las cotizaciones sólo se irán recuperando de forma lenta, paso a paso.
En su informe de previsiones sobre la energía global, la agencia subraya que la falta de acuerdo en el seno de la OPEP para reducir la producción de petróleo podría traducirse en un periodo prolongado precios similares a los actuales, para después recuperarse hasta situarse en 80 dólares por barril en 2020.
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