Cadáveres de inocentes apiñados sobre aceras empapadas de sangre recién derramada, víctimas colgando a seis metros sobre el suelo amarrando su supervivencia a fachadas de edificios asaltados, malheridos dejando tras de sí una estela roja sobre el asfalto mientras son arrastrados por manos amigas alejándolos del infierno de un exterminio. Gritos desgarrados, alaridos espeluznantes, histeria colectiva, carreras despavoridas, ráfagas de metralleta, eco de fusiles de asalto, retumbar acompasado de bombas y granadas. Esto es la descripción de un escenario de guerra. No se halla en parajes remotos ni aconteció en tiempos pasados: asistimos perplejos al feroz ataque contra París, corazón del Viejo Continente. Ahora.
En esta ocasión la Ciudad de la Luz ha sido masacrada por alimañas, pero mañana los acribillados a balazos podrían ser tus propios hijos mientras asisten a un concierto, tus colegas entonando cánticos en las gradas de una cancha deportiva, tus padres disfrutando de una romántica cena o tú mismo acompañado de seres queridos terraceando bajo el amparo de una cálida noche otoñal. Cualquier alma libre es un objetivo potencial para estos implacables ejecutores adiestrados en las entrañas del averno. Europa -o puede que sus cabezas visibles- está dormida; aletargada bajo un utópico canto de sirena con notas de multiculturalidad y alianza de civilizaciones.
Esto es Occidente, cuna de las libertades, la tolerancia, la democracia, los derechos humanos y ejemplo palpable de respeto a la diversidad religiosa, sexual e ideológica. Ellos protagonizan el terror, el fanatismo, la violencia, el caos, la brutalidad: nos enfrentamos a criminales adoctrinados desde el mismo instante de su concepción. Ellos decapitan “infieles”, ejecutan personas, aniquilan joyas artísticas y culturales patrimonio de la humanidad, jalean carnicerías humanas, apedrean adúlteras, revientan homosexuales, mutilan clítoris, crucifican niños y escupen ráfagas de metralla sobre cualquier ciudadano desarmado que se cruza en camino.
Nosotros idolatramos la vida que estos cruentos desprecian hasta el punto de arrebatársela a sí mismos para llevarse a otros por delante. Entre tanta aberración consumada una sombra tenebrosa nos invade de sospechas acerca de los más pérfidos culpables: ¿quién financia a estos bárbaros asesinos?
La libertad cuesta y hay que pelear por mantenerla. Somos libres pero fuertes, tenaces valedores de la paz, garantes de la concordia, pero no por ello sucumbiremos ante la intransigencia. Estos terroristas dementes no nos arrebatarán todo aquello por lo que hemos luchado. Porque para construir este modo de vida y el sistema de derechos y libertades que ahora nos cobija, nosotros también tuvimos que vencer a nuestros propios fanatismos. Y nos costó siglos.
Europa, despierta. Los sanguinarios se aprovechan del buenismo, la permisividad a la carta y los relativismos morales. Ya no valen las medidas insuficientes, los discursos ambiguos ni los preceptos tibios. No es tiempo de quijotes. Es hora de líderes. Con responsabilidad, sensatez, templanza, respetando los principios y valores que nos han hecho prosperar como individuos y como la sociedad más avanzada de la Historia, pero con firmeza y contundencia. Europa, actúa.
Carmela Díaz

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