Aún conmocionados por los atentados de Paris uno no puede menos que plantearse la cantidad de muertes prematuras que se producen cada día. Personas que ven truncado su ciclo vital sin ningún motivo, por que tiene la desgracia de pasar por allí en un momento inoportuno.
Que el Estado Islámico atente en el corazón de Europa logra un gran mercado publicitario para el terror, como lo fue las filmaciones de los asesinatos de sus prisioneros. Ahora son el enemigo número uno de los países civilizados, pero la espectacularidad de esta acción nos hace olvidar los miles de muertos sin nombre, que en la prensa sólo son números, en los bombardeos indiscriminados, en las guerras étnicas de África, en la violencia de los narcos en Suramérica o los de los emigrantes que se juegan la vida en una patera. También hay que añadir la sangrienta violencia que sufren los palestinos en manos, ironías del destino, del pueblo que ha sido la gran víctima del holocausto. Tampoco podemos olvidar otras muertes inútiles –estas sí, con fotografía- como son las víctimas de la violencia de género.
Tampoco se puede ignorar que cuando la política se justifica en la religión es para ponerse a temblar y la historia demuestra que prácticamente ningún pueblo se ha librado de esta intromisión de un supuesto poder divino con lo que justifican el fanatismo.
París, como antes fue Londres, Madrid, Nueva York, sólo es un dramático ejemplo de esta situación, aunque cuando las masacres tienen otros escenarios lejos del “mundo civilizado” la sensibilización social es prácticamente nula.
Ante ello viene a dedo la frase de Primo Levi tras sobrevivir el holocausto: “Dios no existe si existió Auschwitz”.
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