Hace una semana era el Día de las Librerías

21/11/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

Librerías como foro, encuentro y mito. Se celebraba el Día de las Librerías hace una semana, la noche que acabó en el terrible ataque de París. Entonces, cuando aún no estábamos en este diálogo de la desolación y pensábamos que era el Día de las Librerías en España, podíamos preguntarnos si la vida no era mejor cuando no estaba al alcance de un clic. Porque, a pesar del horror, a pesar del miedo y la desesperanza, todavía sigue sin estarlo: la verdadera vida, la que aún tiene algo de búsqueda y peregrinación, de secreto visible en el vértice anclado en la normalidad de lo aparente, en la gruta escondida a mitad de la calle, con su cristalería de luz, siempre estará fuera de nosotros.

Regreso a ese momento, a ese instante previo a la detonación, para pensar en los templos del recogimiento que son las librerías, que me han ido marcando todas las estaciones de la vida. Quien no se ha parado nunca ante un escaparate y ha saboreado títulos y cubiertas, esa joyería de la maquetación en portadas vistosas, más recoletas otras, sobrias y sutiles, con fajines y frases altisonantes o reveladoras, se ha perdido el placer más barato de mundo y también más sublime, en esa relación entre los costes y las latitudes de enormidad oceánica, de extensión a través del tiempo y las edades de cualquier personaje, que también nos transforma en cuanto nos asomamos a su fondo abisal. Luego, cuando se atraviesa la puerta y se descubre todo ese sistema montañoso de cuerpos extendidos sobre los mostradores o entre los anaqueles, inclinados, tumbados, y es posible tocarlos, abrirlos, atender al aroma de su pasar de páginas, su textura se adueña de la respiración. En España ha habido y hay librerías hermosas, con su propio recuerdo de presente y futuro. Habitémoslas siempre, una y otra vez, como quien recupera el territorio original que nos hace soñar a través del espejo. Habitémoslas hoy, también, como emblema de un pulmón vital en el mar infinito de todos los libros.

Precisamente ahora, cuando el horror se vuelve latigazo diario, reclamemos toda la belleza del mundo. Parte, una parte importante de toda esa hermosura de vivir, de respirar el aire de Esquilo y de Moliere, sigue vivo en nuestras librerías. Por eso una semana después no quiero olvidarme de reivindicarlas. Porque en una realidad que parece avocarnos a una renuncia continua de demasiadas cosas, que además nos asusta con el futuro próximo en mitad del desierto, o en las plazas cercanas, antes amables, convertidas ahora en una amenaza imprevisible, es imposible imaginar una ciudad sin librerías en sus calles abiertas, como faros despiertos a estos vientos calientes del otoño.

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