“El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca.”
Immanuel Kant
Que dos candidatos a la presidencia del Gobierno de España desbarren mentando a uno de los grandes filósofos de la Historia, permanecerá como la anécdota del debate. Sin más. Tampoco vamos a esperar un sesudo tratado sobre la razón pura de quien extrae lecciones políticas de Juego de Tronos, pudiendo desmenuzar a conciencia El Príncipe. Maquiavelo ya reflexionó con audacia hace más de cinco siglos sobre principios capitales que refleja la televisiva serie, pero sin recurrir al exceso de sexo, violencia y efectos especiales.
Que un profesor de Ciencias Políticas confunda la obra cumbre de uno de los filósofos más celebres, un título que además recomienda a sus pupilos, resulta algo aparatoso. Rivera acertó al reconocer abiertamente que no ha leído ninguna obra de Kant. Como el 99% de la población. Pero chascarrillos aparte, es obvio que la inmensa mayoría de los que se burlan del lapsus filosófico de Pablo y Albert, no leyó a Kant en su vida. El prusiano es un autor denso, complejo de entender y hasta de leer, solo apto para doctos avezados. Y seguro que tampoco ojearon a Platón ni a Nietzsche. O a cualquier otro filósofo de renombre: solo cuatro eruditos los estudian a fondo. Igual que gran parte de los marxistas jamás analizó a Marx. Lo mismo ocurre en cualquier otra disciplina: en Economía se estudia a Smith o a Keynes sin recurrir al pie de la letra a sus obras, por lo general, fatigosas y complicadas. Si algún profano tuviera que interpretar los libros originales de los filósofos más representativos, no se dedicaría otra cosa en varias décadas. Y al finalizar semejante tarea terminaría desfondado, desfasado, aislado y se encontraría algo confuso. Puede que hasta zumbado.
¿Acaso piensan que los cargos electos actuales se caracterizan por ser poseedores de un culturón de órdago y un intelecto cultivado? ¿Cuántos miembros del Congreso conocerán en profundidad al pensador de la Ilustración? ¿Quizás creen que Aznar o González departían sobre estoicismo en los pasillos del hemiciclo?
No es necesario conocer las doctrinas de Kant para gobernar. ¿De qué nos sirven los políticos que dan lecciones catódicas y radiofónicas si luego en el ejercicio de sus mandatos son unos ineptos? O lo que resulta más usual: unos perfectos corruptos.
El día que Kant se adueñó de la actualidad informativa lo primordial era debatir. Dar la cara, presentar propuestas, confrontarlas, analizar ideas, explicar al ciudadano cuestiones de su interés. La actitud de los candidatos, cómo reaccionan ante errores y aciertos propios y ajenos, sus aportaciones, su frescura, su sinceridad o impostura… nos aportan información valiosa sobre las persona a las que tendremos que votar. Por cierto, los que acuden a debatir y no se esconden están expuestos a errar. Los que no se presentan jamás cometerán deslices: ni filosóficos ni de cualquier otra índole.
Pero aprovechando la controversia generada, es un momento óptimo para reivindicar: de la filosofía emana el pensamiento crítico, uno de los cimientos de la democracia. ¿Resulta adecuado marginar esta asignatura de los planes educativos venideros? Las amistades, los hombres, los trabajos, las aficiones, las penas… casi todo pasa. Pero hay algo que permanece en el ser humano: las experiencias que disfruta y la sabiduría que va atesorando con el paso del tiempo. Esa sapiencia se alimenta de algunos pilares imprescindibles: la ética, la integridad, la honestidad, la disciplina, y por supuesto, la instrucción y el conocimiento. Por ello son tan esenciales las Humanidades en el desarrollo personal.

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