Madrid es una nube tóxica sobre los corazones solitarios, una acumulación de dióxido de nitrógeno sobre la espuma recia de las cañas tiradas en la barra de regeneracionismo labrado en Casa Paco. Pero esto no sucede sólo en La Latina: también en Alcalá de Henares, Getafe, Coslada y Alcobendas se han sobrepasado los 200 microgramos por metro cúbico, un nivel que nos lleva hasta las mascarillas asiáticas como opción preventiva los domingos del Rastro. Imagino una mañana de aluminio, con ese gris lumínico sobre la vieja torre de los siete jorobados que fue descubriendo Edgar Neville, con los rostros embozados por una promesa de adivinación y la palabra apenas encubierta en un hueco de fieltro, con los labios sellados en las nuevas terrazas bajo un sol de ceniza. Y recuerdo películas como La hora final, con Gregory Peck y Ava Gardner, los dos crepusculares en un mundo sin hijos ni futuro posible, con aquella señal inquietante y ligera desde un Nueva York totalmente desierto; un submarino recorrerá el mapa oceánico para descubrir, en la ciudad vacía, que el sonido proviene de un soplo dentado en la persiana, con una botella de Coca-Cola liada en su cordel que cae monótona sobre un telégrafo, también abandonado, fantasmal, en su eterno lenguaje de mutismo, hasta el final del tiempo, con el último aullido en la extinción del aire.
Menos mal que tenemos la ciencia-ficción, y también novelas como Soy leyenda o El último hombre vivo, de Richard Matheson, porque en la Comunidad de Madrid no hay un solo plan específico para esas situaciones. La medida inmediata es la prohibición de los aparcamientos en el centro, como si esto pudiera contener el avance del dióxido de nitrógeno (NO2) de los vehículos diésel, extendido en un radio de varios kilómetros desde el centro de Madrid, en unas concentraciones aún mayores que las del dry martini que aún bebían los jóvenes poetas españoles cuando visitaban la casa de Jaime Salinas, mirando los tejados espectrales por la calle Segovia, pensando que serían esos mismos dorados nebulosos que habían rasgado el manto de negror arterial en los anocheceres de Madrid de las memorias de Corpus Barga, espíritu fugaz para la calle Humilladero.
Aunque en Madrid se active el protocolo de alta contaminación del Ayuntamiento con niveles superiores a 200 microgramos, no sucede lo mismo en el resto de la región. Falta de planificación, seguramente, y también de buena literatura: el ocaso está ahí, es la región más vasta que sus protagonistas, es un aluvión de mutismo total en los teatros vacíos. La relación entre el desarrollo sostenible, el cambio climático y El planeta de los simios, la novela distópica de Pierre Boulle reconvertida en mito del acabamiento con la escena final de Charlton Heston frente a una Estatua de la Libertad inclinada, herrumbrosa y onírica, enclavada en la arena de una playa salvaje, es una conversación normal de viernes en La Latina, con su aroma de mus jugado sin baraja, entre los guiños y la insinuación de las nuevas líneas de diálogo, por encima del texto.
En esto, como en todo, nos han mentido. ¿El NO2 ha surgido, hace muy poco, o viene ya de lejos? Si las anteriores mediciones se hacían en el Retiro, la Casa de Campo y El Pardo, uno podía pensar que todo Madrid era un pulmón verde en la oxigenación próspera del mundo. Y no era así. Igual que tantas cosas. Porque en invierno llega el NO2, en verano aparece el ozono malo y en otoño renacemos o nos enamoramos. La literatura también acudirá como anestesia de los humos turbios que vienen a dormirse en la retina, en la voz ya más bronca, en unos pulmones que requieren una nicotina algo más pura. La vida, la vida, con su prosa poética, es sólo su amago de respiración.
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