Fazil Say, un instante europeo

07/12/2015

Luis Sánchez-Merlo.

pianista

Luxemburgo, miércoles, 2 de diciembre, 20 horas. En el gran auditorio de la Philharmonie de Luxemburgo, la Sociedad Europea de Satélites (SES), operadora de los satélites Astra, celebra sus treinta años de vida con un concierto de la Orquesta de Cámara de Zúrich, dirigida por Willi Zimmermann. Un repertorio en el que clarinetes, timbales, trompetas y violines funden la música aristocrática de Mozart con las sinfonías 1 y 3 de Beethoven. Una fiesta musical a la que se suma, con regocijo, el compositor y pianista turco Fazil Say.

Protagonistas de este aniversario: el democristiano Jacques Santer, que fuera presidente de la Comisión Europea y Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales; el incansable vicepresidente del Gobierno de Luxemburgo, ministro de economía, interior y defensa, el socialista Etienne Schneider y la nomenclatura al completo de SES, encabezada por su presidente, Romain Bausch.

merloDios me libre de pretender hacer el más mínimo pinito crítico, reservado a musicólogos, pero la gran novedad fue la irrupción en el escenario Fazil Say, artista turco -desconocido hasta ese momento para mi- con una incipiente chepa, que avejenta sus cuarenta y dos años, y rotundo atuendo oscuro, convertido en santo y seña de la indumentaria de los artistas, ya se trate de consagrados pintores, escritores, músicos o meritorios.

Cuentan las crónicas que cuando Fazil era niño, su maestro de piano, Mithat Ferman, lo ponía a tocar, antes de cada clase, temas inspirados en su vida cotidiana sin partitura alguna. El contacto con este tipo de procesos creativos dotaron al turco de una asombrosa facilidad para la improvisación. Así, a los catorce años, cuando estudiaba en el conservatorio de Ankara, su ciudad natal, compuso su primera pieza.

Artista imprevisible, incorpora a sus repertorios la música popular turca, sin descartar ritmos bailables, consiguiendo que sus conciertos sean diferentes. Pero su atractiva personalidad ingobernable no le priva de sustos como cuando un tribunal turco lo sentenció este mismo año a diez meses de cárcel por “insultar al Islam y ofender a los musulmanes” a través de unos mensajes iracundos lanzados desde su cuenta de Twitter. Y es que en todas partes cuecen habas.

Ateo, en un país de setenta y tantos millones de musulmanes (“¿quien es el Gobierno para decidir si una persona cree en Dios o no?”), Fazil Say ha jugado con fuego bromeando sobre la concepción islámica del paraíso. En una entrada en su perfil de Twitter, el pianista citó un verso del poeta persa Omar Jayyam: «Decís que correrán ríos de vino, ¿es el paraíso un bar? Decís que todo fiel tendrá dos huríes (vírgenes), ¿es el paraíso un burdel?»

Sus problemas judiciales, aunque resueltos gracias a la defensa de la libertad de expresión por el Tribunal Supremo turco, le han llevado, en algún momento, a plantearse abandonar Turquía, con destino Japón, ante la creciente la carcundia e intolerancia, que va alejando al país del legado del gran Atatürk. De momento se ha librado de la cárcel y lleva triunfando desde hace más de veinticinco años en los circuitos musicales internacionales, con conciertos que no pasan nunca desapercibidos, ya se trate de Nueva York, Berlín o Tokio.

En el año que acaba, Fazil Say ha ofrecido conciertos en varias ciudades españolas -Santiago de Compostela y Orense con la Real Filarmonía de Galicia, Sevilla y Barcelona con la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña- cerrando el periplo en el Claustro del Convento de Santo Domingo, en el Festival de Pollença, durante el verano pasado.

Este artista polifacético que gusta de citar a Tarkovski: “si el artista existe es porque el mundo no es perfecto”, ocupa -por su peculiar personalidad- un lugar destacado en el mundo de la música, en el que contrasta con el habitualmente “serio” ambiente de la música clásica- lo que le permite no pasar nunca desapercibido. El periódico francés Le Figaro se ha referido a él como un pianista genial que, sin duda, ha de convertirse en uno de los mayores artistas del siglo XXI” y la Unión Europea le ha nombrado «embajador del diálogo intercultural».

A la misma hora en que las interpretaciones de Say sacudían la Philharmonie, un fenómeno acumulativo tenía lugar con protagonistas europeos: el parlamento británico, en solidaridad tras la matanza de París, daba luz verde a los tornados, que tardaron pocas horas en bombardear las refinerías de petróleo sirias, fuente de financiación del terrorismo yihadista; el portaaviones Charles de Gaulle, poderoso argumento disuasorio galo, llegaba a su destino; el felino presidente ruso amenazaba con las penas del infierno a su homólogo turco, Tayip Erdogan, por haber osado derribar un avión de combate y Alemania se aventuraba a romper su reticencia a entrar en combate, autorizando el envío de un millar de efectivos al teatro de operaciones. Indiscutible éxito de Hollande que, tras una gestión teatralizada de la crisis, ha logrado una respuesta inopinada de sus aliados europeos.

Y el Gobierno español, con la campaña electoral arrancando, otra vez en la cuerda floja de ese delicado equilibrio que consiste en decir que no se hace nada hasta que Francia no lo pida y, por si acaso, que a nadie se le olvide que ya tenemos tropas en diferentes fregados internacionales. Así que no aprieten, por favor, que no está la cosa para que la calle se convierta, otra vez, en el viejo clamor del ‘No a la guerra’.

La conjunción de la descarga bélica allí donde se ventila la defensa de nuestra libertad, -tras el atrevido zarpazo terrorista- con el recogimiento casi conventual del concierto en el Plateau de Kirchberg, es la metáfora de la Europa culta frente a la periferia in educandum.

La disciplinada orquesta helvética y el travieso pianista de Ankara son la síntesis de un instante que, en la fría y lluviosa noche luxemburguesa, traduce emociones en una reiteración de ovaciones sin fin.

 

 

 

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