A Pablo Iglesias le sobraron diez segundos, pero fue el que más dijo en su minuto de oro: “Sólo quiero pedirles dos cosas. La primera, que no olviden. No olviden tarjetas black, no olviden los desahucios, no olviden Púnica, no olviden Gürtel, no olviden “Luis, se fuerte”, no olviden los EREs de Andalucía, no olviden la estafa de las preferentes, no olviden las colas en la sanidad, no olviden los recortes en educación, no olviden el 135, no olviden la reforma laboral. La segunda cosa que les voy a pedir, es que sonrían. Que sonrían al 15M, que sonrían a las plazas, que sonrían a los vecinos que paraban desahucios, que sonrían a Ada Colau, que sonrían a los autónomos y a los pequeños empresarios, que sonrían a los que se levantan a las seis de la mañana para trabajar y a los que se levantan a las seis de la mañana y no tienen dónde ir a trabajar, que sonrían a las madres con jornadas de quince horas, que sonrían a los abuelos que se parten la espalda para estirar su pensión. Sonrían. Sonrían, que sí se puede”. Para un minuto de cincuenta segundos, con su emoción solar, la lectura interior es formidable.
Porque Pablo Iglesias, ayer noche, más que un candidato a la presidencia del Gobierno, fue una maza con la prosa poética labrada en un fulgor social, entre la crónica periodística y la apelación a un sentimiento de compasión y solidaridad. Quizá ese fue el punto más débil de Soraya Sáenz de Santamaría: como abogada defensora de Rajoy, mostró su misma incapacidad para empatizar con el sufrimiento y la desesperación ajenos. A Sáenz de Santamaría no la conocemos todavía en este nuevo espacio, porque más que llegar como ella misma lo hizo como depositaria del mensaje de Rajoy, que estaba mientras en una mansión en Doñana, en un viaje seguramente pagado por todos los españoles –es lo que cabe suponer, teniendo en cuenta que ha cargado los cuidados médicos del padre al presupuesto de La Moncloa- mientras se fumaba un puro. Sin embargo, otro puro invisible tuvo que tragarse ayer Rajoy, de nuevo el gran ausente y también el gran perdedor de la velada, por cobardía en su escapismo democrático.
Muchos comentaristas se empeñan en desprestigiar a Albert Rivera señalando en él una especie turbia de ansiedad, de velocidad verbal, de nerviosismo o de anticipación; a mí, la verdad, me pareció sereno y razonable, dueño de un terreno que manejaba con cierto virtuosismo de director de orquesta, por encima de las cortantes intervenciones de la casi moderadora Ana Pastor y del más prudente Vicente Vallés. Pedro Sánchez tiene un problema similar al de Sáenz de Santamaría: no puede ser él mismo –suponiendo que tenga algo que ser-, porque sigue estando preso del legado reciente de su propio partido: Rubalcaba, o sea, y también Zapatero. En cualquier caso, se le nota el trabajo y la seriedad de su presencia, porque acude a los sitios con varias lecciones aprendidas.
Quizá tenga razón Iñaki Gabilondo cuando dice que Pablo Iglesias no termina de creerse que sea candidato a la presidencia del Gobierno. Pero tampoco es tan importante: su minuto final salvó el debate, le dio una altura lírica con un gusto vibrante a Blas de Otero, recordándonos las razones por las que el presidente anda escondido. Porque el recuerdo puede y debe convertirse en realidad, con una dignidad sacada del silencio y de la injusticia del olvido. Lo que ha pasado en España estos años convierte la memoria en acción política, en cincuenta segundos de poesía, con belleza y verdad.