La memoria se ejerce y se recorre, se habita en el remanso de un sol breve. Vivimos en tensión con el pasado, con su baile de voces sobre frases dispersas, en las conversaciones evocadas, que aparecen en gotas doradas al trasluz de la persiana echada de la tarde. Todos hemos oído los relatos de hombres y mujeres que hacían presagiar esos relatos que también nosotros contaremos, con unos rasgos y unas actitudes que hacían presagiar nuestros rasgos y nuestras actitudes, nuestro carácter y la disposición física de los cuerpos al encuentro del mundo. Somos nuestra memoria familiar, esos vagos contornos del retrato que nos pueden llegar en ocasiones algo distorsionados, y en otras no nos llegan. Pero también somos y nos identifica la necesidad de saber, de conocer el nimbo de las sombras para discernir esos semblantes, la crónica de actos que nos determinaron, porque podemos preguntarnos si habríamos actuado de igual modo, si no lo hacemos ya, con el sufrimiento y la agonía de un único instante de felicidad, porque toda nuestra verdad viene de ahí y está enmarcada en la fotografía del recuerdo.
Quizá no exactamente toda –porque luego vivimos y tenemos nuestro propio historial de descréditos y de afirmaciones, de ambiciones y desolación, de generosidad y de angustia-, pero sí una parte mucho más esencial de lo que estaríamos dispuestos a aceptar, parece estar escrita en esas vidas que nos han precedido, que visten nuestros rostros y les dan emoción sobre un escenario ya acabado, que ahora sólo vive en su interpretación, en el regreso vivo de los libros de historia y en novelas como No llorar, de Lydie Salvayre. En No llorar (Anagrama), la escritora francesa de origen español entabla una conversación en tiempo real –su tiempo de escritura- con su madre, Montse, nacida en un pueblo cerca de Lérida, que tenía quince años cuando el general Franco se levantó contra el Gobierno de la República. Así, aquel verano de 1936, cuando se marchó a Lérida con su hermano Josep y conoció a un brigadista francés al que luego llamaría, toda su vida, André Malraux, fue el verano de su juventud, con su fulgor y su revelación, como una fragua viva que se repetiría interiormente, en su propia narración del recuerdo, y que ahora abre también a la escritura viva de su hija Lydie. Con un estilo coloquial y directo, con inteligente tensión de prosa poética en el sobrio lirismo, Salvayre va alternando esa conversación –mantenida toda la novela- mientras se mueve a placer por los episodios que Montse, la madre, está evocando, con una agilidad de movimientos narrativos que Lydie ejerce, recorre y habita con extraordinaria sencillez.
Nunca es tarde para descubrir a una gran escritora, y Lydie Salvayre lo es. No llorar no es una novela más sobre la Guerra Civil española, con su carga interna de humanismo al contemplar los horrores sin ideología –magnífica resulta, en este sentido, la inclusión del testimonio de Georges Bernanos en Mallorca, en el proceso interno que le llevó a la escritura de Los grandes cementerios bajo la luna, con el álbum intacto de la masacre de los sublevados franquistas sobre la indefensa población civil- sino un auténtico muestrario de lo que el virtuosismo verbal puede ofrecer sobre el territorio adecuadamente abonado de la absoluta libertad narrativa contemporánea. Huyendo del relato lineal –aunque tenga la claridad directa de la historia eficazmente contada, de principio a fin-, Lydie Salvayre escribe como vivimos hoy: con varios niveles de percepción de la realidad activados simultáneamente, desde las redes sociales hasta la capa más insondable de nuestra memoria, con su fondo abisal bajo un rescoldo de luz.
Entre la cobardía y el odio visceral emergerá el personaje maravilloso de don Jaume, suegro de la joven Montse, un ilustrado de carácter amable que personifica, ejemplarmente, esa tercera España del hombre independiente que contempla el horror desde la fragilidad y la fuerza de esa independencia. Novela sobre el miedo y la ruindad, pero también sobre la capacidad sanadora de la escritura en su relación con el recuerdo, en No llorar Lydia Salvayre ahonda en su paseo familiar y nos convierte en protagonistas de la acción, porque asistimos al diálogo tierno y vivo entre su madre y ella, hasta ese final en el que, de pronto, “reina una gran calma”, que es también la calma de vivir, aceptar y entender todos los episodios del relato.
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