Hay varias razones fabulosas para no ver el debate entre Pedro Sánchez y Mariano Rajoy. Una buena cena, un buen paseo. Un caña helada, un dry martini. Una conversación interesante, que puede hasta incluir la introspección, el monólogo interior o la fabulación entre los fogonazos del recuerdo. Una siesta con los ojos abiertos, mirando fijamente el techo movedizo, de sombras petrolíferas danzantes, de un dormitorio envuelto en la penumbra bajo la última luz. Sacar al perro a dar una vuelta, o sacarse uno mismo. O ir al teatro a revisar el último montaje –lo que estaría muy bien- de Dulce pájaro de juventud, de Tennessee Williams. O leer el singular y creativo ensayo Los eruditos tienen miedo, de José Luis Rey, sobre espíritu y lenguaje en poesía. O ver en casa otra vez De aquí a la eternidad, de Fred Zinnemann, con Monty Clift como el soldado Prewitt, demostrando que un hombre puede ser tan fuerte como sus principios en el ring de la vida. O ir a ver La novia, la película de Paula Ortiz basada en Bodas de sangre. O embriagarse directamente en la relectura de Lorca. O dormir. Y no digamos ya actividades sensuales y atléticas, de sábanas volantes sobre el aire poroso.
Todas estas razones y mil más resultan válidas para no ver el debate esta noche de lunes. Pero hay una aún más fuerte, aunque seguramente no tan placentera. El debate ya ha sido, y esto de esta noche es una burda teatralización sobre el drama de la actualidad. Las líneas de diálogo que tenía que decirnos Pedro Sánchez ya las dijo en los dos auténticos debates, frente a los candidatos Albert Rivera y Pablo Iglesias, y también frente a la ausencia continua y repetida de Rajoy. El debate de esta noche, esta ficción retórica convertida en el último reclamo televisivo, no responde a la actualidad de los últimos resultados en las elecciones municipales y autonómicas, porque hay otros dos partidos refrendados por una cantidad no pequeña de españoles y han sido ignorados por el presidente. Mariano Rajoy ha pasado de debatir con Iglesias y Rivera, amparado en varias razones evidentemente falsas: que estaba muy ocupado –cuando no lo estuvo para ir al complaciente programa de Bertín Osborne o para jugar al dominó en el hogar del pensionista de Olmedo, toma cumbre internacional-, y que él sólo debate con el jefe de la oposición, cuando la oposición, hoy, es un conglomerado ratificado por los electores.
Mariano Rajoy era libre de faltar al respeto de la ciudadanía negándose a debatir con los demás candidatos, así que también los ciudadanos podemos ejercer la misma libertad para no aguantar su pantomima, que trata de negar lo que sucede, usurpando el debate a sus otros protagonistas. Esa escapada, además, consentida –y seguramente animada- por su propio partido, que no ha rechistado lo más mínimo, responde a una cobardía constatada para debatir con rivales de verdadero fuste argumentativo. Él lo que prefiere es dar paseos y decir “qué buen tiempo hace”, pero la política la deja para otros.
Pues muy bien. Dejada queda. Lo de esta noche, por mucho que se esfuerce Pedro Sánchez, es un escenario dispuesto para una representación que ya responde a otro tiempo. La huida de Rajoy es un autorretrato, con la ausencia como único discurso.
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