Tras la contienda dual los españoles hemos despejado un par de suspicacias: en las próximas elecciones ninguno de los participantes volverá a repetir como candidato y también constatamos el halo rancio, caduco y viejuno que rodea al bipartidismo decadente. E incluso podemos extraer una moraleja inquietante: la consolidación de la política circense-mediática. Presidente y jefe de la Oposición referenciaban a los telespectadores y no a los votantes.
Aunque ya lo sospechábamos, también hemos comprendido por qué Rajoy evita los careos, las entrevistas, las intervenciones incómodas y se encomienda a esa realidad paralela catódica y desvirtuada. Que una cosa es la tribuna de oradores del Congreso para recitar y disertar al dictado de la memoria bien entrenada de un registrador, y otra bien diferente, interactuar, establecer una comunicación bidireccional, sortear imprevistos y encajar golpes del contrincante con cintura torera.
¿Quién ganó el debate? La política no. Los ciudadanos tampoco. Quizá los grupos mediáticos que reventaron el codiciado share nocturno de audiencias. Y los que no acudieron a deliberar en prime time. Vamos a tener que analizar en profundidad este hecho insólito: en el debate a cuatro el vencedor fue el ausente, Rajoy, y en el debate a dos salieron victoriosos los que a esa hora ejercían de tertulianos: Iglesias y Rivera.
El Presidente no debía arriesgar, pero se supone que el aspirante tenía que haber aprovechado la oportunidad para reivindicar un liderazgo cuestionado hasta en sus propias huestes y esbozar un programa alternativo. Debía remontar una intención de voto muy poco favorable a sus siglas. Pero eligió -o le eligieron- la estrategia errónea: una persistente descalificación hacia el oponente, bordeando la agresividad y exhibiendo unos modales arrabaleros. A Pedro Sánchez le birlas del discurso a los Bárcenas, Ratos, Gúrteles, Púnicas y demás corruptelas populares, y se queda tiritando. Suspenso al candidato del PSOE por carecer de nivel político para estar a la altura que se espera de un candidato a Presidente del Gobierno de la Nación, por alejarse de las formas de un hombre de Estado. Ese estilo mitinero no es adecuado para encarar un debate presidencial. Y suspenso a Mariano Rajoy por dejarse arrastrar por el fango.
Qué gran oportunidad desaprovecharon los principales dirigentes del bipartidismo para entonar al unísono un mea culpa, desterrar egos personalistas, darse un baño de humildad y demostrar que por fin entendieron el contundente mensaje de regeneración lanzado por la sociedad española. Podían haber abordado las temáticas que interesan y preocupan a los españoles para lanzar, a continuación, una batería de soluciones y de propuestas. Pero eligieron la dirección contraria al clamor general: el cansino y destructivo “y tú más” aderezado por descalificaciones personales. La arrogancia del bipartidismo está cavando su tumba. Rajoy insistiendo en las bonanzas de su gestión, alejado del sentir popular (como a lo largo de toda la legislatura) y obviando los argumentos emocionales, eludiendo empatizar con sus potenciales votantes.
La miopía de los participantes beneficia a los dos jóvenes ausentes: los líderes de las formaciones emergentes. Y a una andaluza que quizá esté preparando las maletas para cruzar Despeñaperros rumbo a Madrid.

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