Hasta el estallido inaugural de la última política, la jornada de reflexión era un trámite orgánico para una respiración política y civil más pulmonar, escindida del detalle brioso y corrosivo de la cotidianeidad de la campaña. Se entendía la jornada de reflexión como un sábado neutro, un poco en esa línea de estos días azules y este sol de la infancia, para sacar de paseo a la interioridad del ciudadano, esa tranquilidad velada en las encuestas, con la seguridad que da asumir que el final del relato estaba escrito incluso desde antes de que comenzara el período electoral. La gente ya sabía lo que iba a votar, nadie o casi nadie se leía ni siquiera el titular de los programas, ni tampoco tenía apenas incidencia colegir quién de entre los varios candidatos había estado mejor en el debate, entre otras cosas, porque apenas había debates, y si se celebraban era sólo entre los candidatos de los dos grandes partidos. En la apoteosis del “y tú más” poco importaban las razones, ni mucho menos el mensaje de los personajes, su capacidad de liderazgo o su capacidad, a secas, para cualquier cosa reseñable, porque los aparatos de los partidos los habían llevado hasta allí y España se dividiría en vencedores y vencidos.
O estabas conmigo o contra mí. O votabas al PP o al PSOE –salvo IU y otras opciones aún más minoritarias-, pero la población se había partido en dos visiones amplias, por simplistas, de la actualidad. Y el bipartidismo sonreía, en esa plenitud.
La irrupción de Ciudadanos, y sobre todo de Podemos, ha puesto patas arriba la realidad inmediata y el nuevo significado de la jornada de reflexión. Este sábado una buena parte del electorado va a tener que meditar su voto, porque la situación es más compleja que en el viejo binomio. Aunque Pedro Sánchez finalmente vapuleara a Rajoy en el único debate que el presidente aceptó, la arena discursiva ya había sido pisada, y removida, vuelta ya otra cosa, por las dos formaciones emergentes, sin olvidar la seguridad en sus planteamientos, el rigor y la sobriedad de Alberto Garzón, que mantiene a flote aún a una IU-Unidad Popular que sigue pareciendo imprescindible para cierta pureza del pensamiento ético. El escenario es otro, la obra y sus actores, y hasta los directores de la escena. Incluso Campo Vidal parecía anacrónico, una especie de espectro de las navidades pasadas a lo Dickens, pero narrado a lo Chirbes. Porque ahora, aunque traten de impedirlo con soflamas de miedo acongojado, España escribe el nuevo capítulo de su historia, como diría Gil de Biedma, que quizá no termine mal.
O puede no acabar mal. De esto y de otras cosas irá nuestra jornada de reflexión, que por primera vez ya no se escora entre el rojo y el negro –o el azul-, que diría Stendhal, sino en la amalgama de propuestas específicas, con su propio discurso. Por primera vez en mucho tiempo, durante esta campaña –mamporro más o menos- la jornada de reflexión servirá para que muchos –sobre todo, la mayoría que no votará la continuidad de Mariano Rajoy- se encuentren con su propio pensamiento y decidan su voto. Mientras, se sigue ejerciendo la auténtica violencia electoral contra una población emigrante de 2 millones de españoles que no podrá votar –sólo un 7% lo han logrado- por los innumerables obstáculos administrativos, con los censos vueltos campos de minas democráticos, porque el exterior tiene razones para ser voto crítico. Ellos no podrán votar, pero muchos volvemos para hacerlo. Esta jornada de reflexión será un monólogo interior de millones de españoles golpeados durante cuatro años..
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