A los españoles nos va la marcha. El sadomaso es tendencia a la alza. Nos estimula la cañita fina. Y hasta el manejo saleroso de la fusta. ¿Para qué elegir lo fácil cuando podemos hacer virguerías con la complejidad extrema? Hemos decidido afrontar esta legislatura bajo una fórmula multicolor, polimórfica y poligámica. Alabados seamos, pues.
En este santo país la incertidumbre nos da alas, como la bebida isotónica, y mantenemos con garbo ese memorable sistema electoral en el cual un partido con casi un millón de votos se alza con un par de escaños, y otros partidos con menos del doble de votos consiguen un chorreón de asientos parlamentarios más. Somos indómitos porque el mundo nos hizo así.
El próximo parlamento no será ingobernable. Evitemos ser agoreros. Que los azotes nos ponen tontorrones, pero no tanto. Estará abocado a la necesidad permanente de negociación porque es la voluntad de los llamados a urnas: señores políticos, hablen, dialoguen, entiéndanse, cedan y alcancen soluciones que beneficien los intereses comunes. No mantendremos un desgobierno sino un gobierno de entendimiento. Desconocemos exactamente de qué se trata, pero suena genial. Y así funciona la política hoy: sentencias huecas, mensajes atractivos y cuentitos de hadas narrados con mucho arte por embaucadores con carisma. Además, ese pactómetro cromático lucirá pintón.
Suponemos que los populares acérrimos, esos que se autoproclaman genoveses hasta la médula e idealizan su formación como si fuese un acto de fe, estarán satisfechos por haber apostado todo por Mariano Rajoy. No solo ha debilitado su propio partido sino que él solito acaba de dilapidar la ventaja de la primera legislatura: el campeón ha desperdiciado una aplastante mayoría absoluta. Ni un ápice de autocrítica. Ignorando el clamor por la regeneración, la súplica por una profunda limpieza en sus filas y por un castigo ejemplar a los corruptos. Y eso que tenía los nubarrones mordorianas sobre su testa, delante de sus ojos, en la retaguardia y hasta en el cogote. Pero se presentó a las Generales rodeado de la misma dirección, de idéntica tropa caduca y de los caretos cansinos que los españoles estaban deseando patear. Y esperaban unos resultados óptimos haciendo más de lo mismo. Angelitos. El insensato de Artur Mas ha impulsado un crecimiento sin control de Esquerra y séquito, mientras que Rajoy ha logrado con su inacción la explosión de Podemos. La izquierda captó raudo el mensaje social dominante, refundándose desde hace año y pico. El centro derecha ahí sigue, en las cavernas y errando el tiro: el enemigo a batir no era Albert Rivera.
Evidentemente todo depende del color de las siglas porque los españoles además de vacilones somos de relativizar. El ganador es el PP porque ha obtenido más votos. Pero se transforma en perdedor si analizamos la sangría de diputados, y sobre todo, de votantes: cuatro millones menos. El PSOE también ha recibido estopa ibérica a tutiplén. Y los ganadores son los que partiendo de cero ahora cuentan docenas de escaños: Ciudadanos y Podemos. Este resultado coloreado es la obra maestra de la corrupción, el endiosamiento, soberbia, desfachatez e impunidad del bipartidismo que pese a los severos avisos de las municipales y europeas, decidió permanecer acomodado en su microcosmos paralelo de fantasía.
¿Cómo mantener un estado del bienestar sin crear riqueza y empleo, sin defender sin fisuras la unidad de la Nación y sin consolidar una democracia e instituciones ejemplares? Se trata de algo complejo de alcanzar con propuestas neo-comunistas, demagogias y populismo ideológico. Los españoles lo sabemos porque nacimos listos, pero elegimos los senderos tenebrosos. Es la atracción irresistible del lado oscuro de la fuerza. Y el poder de nuestro innato gen cainita y sádico.

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