Una mujer camina por la orilla de una playa invernal. Ha llegado hasta allí conduciendo por una ruta secundaria casi desconocida, a pesar de que en un pasado reciente la ha recorrido varias veces. Sin embargo, al llegar hasta allí sin la compañía de los demás protagonistas, el escenario muta hacia una desolación yerma y desértica, bajo un cielo gris apelmazado sobre la soledad de la urbanización abandonada en las primeras semanas del otoño. Tras aparcar y subir a su apartamento, sale a la calle y desciende por la avenida principal mientras contempla los comercios, los bares y los restaurantes con las persianas metálicas bajadas, al igual que las ventanas de los demás apartamentos, con restos de la vida que se han quedado atrás, como algún bañador olvidado en el alféizar y deslucido ya por la erosión del sol y de la lluvia. Llega hasta la arena y rememora el último verano, cuando correr hasta el mar con sus dos hijos era la única fiesta, mientras su marido se quedaba en el apartamento, fingiendo un trabajo inexistente, porque su interés estaba ya fuera de esa familia, de esa vida y de ella. Entonces mira al mar, su inmensidad, y deja que la espuma enfríe sus pies descalzos.
No resulta fácil hablar Medea en los infiernos (Punto de Lectura), de Diego Vaya, por su desolación y su extrema dureza emocional; pero es evidente que nos encontramos ante una gran novela y un gran escritor. Aunque en un primer momento se nos cuenta que esta profesora de música acude a su lugar habitual de veraneo aprovechando su tranquilidad para escribir un artículo sobre Shostakovich, veremos que su viaje es más profundo, y que ni siquiera acaba en la íntima reflexión sobre su separación y la consiguiente ruptura familiar. Asistimos al encuentro de la protagonista no sólo consigo misma, sino con la inmensidad de la vida y su presentido abismo, su opresiva oscuridad, tan bien representada por ese ascensor que se queda atascado entre dos plantas. Quizá lo primero –o lo último- que habría que decir de esta novela, más allá de giros estructurales y de su elegante articulación en espiral, hacia el centro latente de sí misma, es que está extraordinariamente bien escrita, que no tenemos tantos narradores capaces de sostener el aliento poético de la narración sin alardes líricos, con una sobriedad eficaz y elegante que hace refulgir el hallazgo verbal cuando acontece, porque es revelación del estado interior de personaje; pero Medea en los infiernos es más, es mucho más, porque entierra al lector en la desolación de esta mujer aferrada al vacío.
“La urbanización se convertía en un conjunto de viviendas con las persianas bajadas, como una ciudad amenazada por una catástrofe cuyos habitantes hubiesen escapado de forma ordenada con la esperanza de volver”. También ella regresa, y Diego Vaya logra en su escritura que además nosotros nos hundamos en esa vuelta sin ninguna luz al fondo del retrato, mientras se perfilan, como ráfagas de una desesperada lucidez, pensamientos maestros de cualquier existencia: “El verdadero sentido de las cosas compone un todo completo, algo donde desde lo más nimio a lo más importante orbita alrededor del ansia permanente por satisfacer las pasiones”; o hablando de ella, como madre, en su naturaleza de mujer desprendida y rota, habitada por cuerpos que se alejan: “Se sentía especialmente unida a sus hijos, como si en realidad siguiesen creciendo en su interior, y llegaría hasta donde la alegría de ellos llegase y siempre tendría una palabra que entregarles y sería capaz de compartir su tristeza hasta el fin de sus días”.
En estos días finales de 2016, cuando proliferan las listas de los mejores libros del año, he querido hablar de una novela publicada en 2012 que no he leído hasta hace una semana, y que con toda seguridad merece una presencia mayor de la que pueda haber tenido en nuestro recuerdo colectivo, por lo que es y también por lo que anuncia.
Escritor total, capaz de darnos un libro de poemas tan estupendo como Circuito cerrado (La Isla de Siltolá), Diego Vaya se precipita en Medea en los infiernos en la devastadora soledad que puede recluirnos en el miedo, con la normalidad de su zozobra hundiéndonos en ese lodo opaco que no afectará ni conmoverá a nadie fuera de nosotros, porque estamos tan solos como su protagonista en su pesadilla real, con su noche infernal revelada en silencio. Si la literatura puede ayudarnos, en parte, a entender el lenguaje del abismo y las grietas del ser, Medea en los infiernos es gran novela y gran literatura. La lectura se vuelve voluntariamente árida en algún tramo, como también nos corta la existencia, porque asistimos a la caída de una mujer en el pozo desgarrador que va arrastrando, de su vida hasta el mar, y así también nosotros nos ahogaremos con ella.
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