En nombre de ese libro se quemaron todos los demás libros. En nombre de ese libro fueron carbonizados cuatro millones de cuerpos. En nombre de ese libro se torturó, se violó, se masacró, se robó, se usurpó la identidad de un mundo agonizante que era un mundo aún, como escribió Stefan Zweig en sus últimas páginas. En nombre de ese libro Europa fue arrasada y se mató a conciencia, con su paz de silencio convertida en cenizas ardientes sobre el Reichstag. En nombre de ese libro media humanidad se olvidó de sí misma y ofreció su semblante más terrible, con su luz demoníaca entre los dientes, con la maldad erigida como un nuevo contrato legal entre los hombres que aceptaron las llamas. Alemania se convirtió en el ángel exterminador de su propia moral, de su propia argamasa romántica y batiente en los deslumbrantes cabarets que también se ahogarían en Berlín, con sus últimas músicas, como estertores melódicos que presagiaban el horror de cascotes bajo los cielos rotos, cuando enmudecieron las trompetas bajo el paso atronador de tantas camisas pardas, con sus botas pisando las entrañas de los inocentes.
Por vez primera en setenta años, y tras liberarse sus derechos de autor, vuelve a publicarse Mein Kampf (Mi lucha) en Alemania. Seguro que aparecerán los santos protectores de la libertad de expresión para enseñarnos que no hay un libro que merezca ser censurado o secuestrado, aunque se vulneren los derechos de terceros. En este caso, a diferencia de otros más o menos recientes relativos al plagio o al robo más directo, se vulneran derechos no de terceros solamente, sino de millones de terceros. El límite a la libertad de expresión, al menos en nuestro Código Penal, está en los tipos de injuria y de calumnia, y si se transgreden sus límites, al entrar en colisión dos bienes jurídicos de similar valor –el derecho a expresarse libremente y el no menos importante derecho al honor y la dignidad personal-, se establecen esos diques penales que recortan la libertad de expresión, para que no sea libertinaje. Aquí quizá no estamos en un caso de igual concreción, aunque queden muchos descendientes de los millones de judíos, gitanos, homosexuales y víctimas del horror nazi en general. Pero incluso así, los furibundos defensores de la libertad de expresión indiscriminada podrían decir, y con no poca lógica, que la reedición del libro no supone una injuria, ni ninguna calumnia, y que no denigra sino a quien lo escribió, y a los millones de asesinos que siguieron su credo, en Alemania y fuera de Alemania, en Italia y España, para oprobio y escándalo del mundo.
“La edición desenmascara las mentiras de Hitler y denuncia sus verdades a medias, que buscaban un efecto propagandístico”, ha afirmado en la presentación Andreas Wirsching, director del Instituto de Historia Contemporánea de Múnich, que edita el libro. Nada menos que dos tomos con 1.948 páginas a 59 euros, que ya cuentan, según Wirsching, con casi 15.000 pedidos, por lo que han aumentado la tirada inicial.
Durante estos últimos setenta años, desde la muerte de Hitler, ningún gobierno alemán había permitido la aparición de nuevas ediciones, aunque nunca estuvo estrictamente prohibida. De verdad, ¿necesitábamos esta reedición millonaria para redescubrir los motivos del horror y las viejas mentiras de Adolf Hitler? Quizá en España debieran leerlo, ahora, algunos de los que siguen defendiendo la política exterior del general Franco y su alianza con Hitler. Pero ni siquiera eso, porque ya todo se sabe.
Más allá de las posibles argumentaciones jurídicas, apenas expuestas más arriba, este libro quemó todos los libros y mató el alma de Europa, y es inmoral que nadie se enriquezca con él. Por eso estaba bien en el silencio del que nunca debiera haber salido.
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