¿Quién sale ganando tras este espectáculo circense y trilero? Desde luego los ciudadanos, no. Esta formación antisistema y anticapitalista de la CUP (los menos votados) entrega escaños, voluntad y hasta las vergüenzas a Junts pel Sí. Y durante los entreactos de semejante sainete carente de gracia y buen gusto, pronuncian ufanos una sentencia totalitaria que provoca escalofríos, demostración palpable de su desprecio a la esencia de la democracia y a la voluntad de los votantes: “hemos corregido el resultado de las urnas”. Con un par.
La transformación exprés de un partido como la CUP que se enorgullece -o enorgullecía- de tomar sus decisiones en asamblea en un partido que va cediendo sus diputados mientras se compromete a acatar los designios de Junts pel Sí, solo se justifica mediante un trasfondo turbio. Qué complicado va a resultar el entendimiento entre grupos tan divergentes y el ejercicio de gobierno desde la imposición de posturas radicales, algunas de las cuales bordean la ilegalidad.
La CUP ha determinado coronarse como caudillo del transfuguismo institucional, en una demostración épica de desfachatez política. Asistimos atónitos a lo que está ocurriendo: la disolución de un grupo parlamentario con la cesión permanente de dos de sus miembros a otra formación y el compromiso de ¡no votar en contra durante toda la legislatura! ¿Qué opinión les merece semejante galimatías parlamentario a los votantes y militantes de la CUP? Estos tipos acaban de convertir en un par de pipiolos a los legendarios Sáez y Tamayo.
Resurge la sospecha razonable de si los cargos electos catalanes han interpretado un paripé orquestado desde septiembre a la par que pactaban a espaldas de los militantes. Y a ver quién es el guapo que ahora se cree ese inédito empate a 1.515 votos: la alargada sombra de una farsa va tomando forma… ¿Con la materialización de este embrollo la CUP está abocada a la autodestrucción o está cocinando a fuego lento el asalto a Junts pel Sí? Sea cual sea el desenlace, sus desenvueltos gerifaltes ya tienen garantizada moqueta, repercusión mediática, prebendas y parné.
Entretanto Artur Mas pasará a la Historia como el gran aniquilador: se ha fulminado a sí mismo, a Convergencia, ha dinamitado la convivencia entre la sociedad civil catalana mientras impulsaba con su irresponsabilidad y megalomanía el rápido ascenso de populistas y radicales al frente de Cataluña. Todo ello a la par que encubría veladamente las flagrantes corruptelas del clan Pujol e hijos. Quizá para salvaguardar sus propios tejes y manejes. El prucès avanza imparable mientras devora a sus promotores, a sus principales protagonistas y a todo lo que se ponga por delante. Incluidos los ciudadanos catalanes que son cómplices y partícipes de este dislate: algunos con sus votos y otros con sus silencios. El escenario político catalán se asemeja estos días a un país bananero y no se avergüenzan por el adoctrinamiento perpetrado con maestría por sus representantes.
El radicalismo férreo conlleva una espiral de devastación imparable, incapaz de recular o entrar en razón, por lo que la inestabilidad está asegurada. Si a ello le sumamos la falta de gobierno en Madrid -y lo que nos queda–, la crisis europea -unida al alarmante asedio de los aberzales islámicos- y la inestabilidad del sistema financiero internacional, el panorama resulta poco alentador. Bienvenidos a 2016.

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