Bien por la regeneración política. Bien por rostros bisoños pisando vetusta moqueta. Bien por un parlamento plural. Bien por dinamitar la endogamia de los núcleos de poder. Mal, muy mal, por convertir lo que podía haber sido el comienzo de una etapa esperanzadora en un vodevil grotesco y espeluznante. En la interpretación de un jocoso guion trufado de los ingredientes de un reality.
Avanzar por la carrera de San Jerónimo sorteando pachangas callejeras, pancartas, gritos, bailes populares y lágrimas de cocodrilo como preámbulo de un hemiciclo tomado por pañales, puños cerrados y eslóganes cañeros no augura seriedad, responsabilidad ni estabilidad institucional. Algunos no han advertido que gobernar, alcanzar pactos que beneficien al interés común o gestionar presupuestos generales, nada tiene que ver con los saraos mitineros. Que la competición electoral -necesitada de protagonistas vociferantes, poses reivindicativas, mensajes virales y consignas estrafalarias- ya finalizó (a no ser que permanezcan de guardia por si la primavera nos trae nuevas elecciones además de capullos en flor). Que los elegidos son depositarios de la representación del pueblo y que el Congreso de los Diputados acoge la soberanía nacional: en esa sagrada casa los ciudadanos no buscamos espectáculos a la mayor gloria de algunos, sino soluciones para todos y la aprobación de certeras propuestas para España. Responsabilidad. Sobriedad. Altura de miras. Y tales cometidos nada tienen que ver con la indumentaria sino con el saber estar. Ya soportamos a muchos delincuentes acicalados de blanco satén, calcetines de hilo escocés, cuellos almidonados e iniciales bordadas; aunque tampoco el rastafarismo conlleva la honradez adosada. Los estilismos son una opción personal: lo que de verdad importa es la catadura moral, el sentido de Estado, el bagaje profesional y personal, o la excelencia en el desempeño de las funciones asignadas.

Carmela Díaz
Semejantes escenografías, el fulgor de parafernalias varias o erigirse como el adalid del populismo simpático son asuntos anecdóticos, lo capital es legislar. Los ciudadanos no hemos depositado nuestro voto para asistir a una demostración permanente de rebeldía, egolatría ni pancarterismo. Menos puño en alto, chapas con proclamas o lemas camiseros, y más trabajar. De aquellos que no muestran un respeto elemental a las instituciones resulta complicado confiar que las van defenderán cuando proceda.
Conste en acta que cuestionar estos teatrillos no es incompatible con aborrecer que cierto jeta segoviano tome posesión de un escaño que deshonra, o que la campeona del Candy Crush y la que se cargó al PP en Cataluña, señoras que llevan chupando décadas del bote público, vuelvan a ser recompensadas con cargos institucionales. Esas jóvenes promesas que el Presidente en funciones, en otro ejercicio que evidencia lo alejado que se encuentra de la realidad, se empeña en mantener pese al rechazo general.
Y mientras todos los titulares, tertulias y debates -incluidas estas líneas- abordan el festival circense de la sesión constitutiva, la composición de la mesa o el elegido como nuevo presidente, permanecen estancados los posibles pactos para conformar gobierno. Apenas nadie repara en el preocupante vacío de poder que padecemos. Mientras nos recreamos con el chascarrillo fácil nos estamos jugando el futuro de España. Hay abiertos varios frentes, todos muy delicados. Y la confrontación, la provocación o el revanchismo como esencia de hacer política no construyen.
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