A lo largo de la penúltima semana de enero han desfilado por la sala de prensa del Congreso los portavoces parlamentarios después de despachar con Felipe VI en la Zarzuela. Antes no comparecían ante los periodistas en el Congreso, sino en una carpa al efecto, en la entrada de Somontes. Cierto es que “antes” el trámite de “consultas” solía caer en otoño o en primavera, con mejor tiempo. Una vez le pregunté a Jon Idígoras, dirigente y diputado de Herri Batasuna, desde cuándo no se ponía corbata y nos contestó que desde el día de su boda. Fue noticia. Significaba un decoro y un reconocimiento institucional hoy, al parecer, innecesario porque el representante de los dos diputados de EH-Bildu se ha ahorrado el viaje, lo mismo que el de ERC, Joan Tardà, después de que su majestad decidiera no recibir a la presidenta del Parlament de Catalunya para informarle de que habían investido presidente de la Generalitat a Carles Puigdemont, poniendo fin a la pesadilla de Artur Mas, un pesado. “Con que me lo notifique por email es suficiente”, habría dicho el Rey.
El primero que regresó del Monte del Pardo, donde ramean los ciervos y husmean los conejos, fue el diputado del Foro Asturias Isidro Martínez Oblanca, quien dijo que el monarca andaba “preocupado por la situación política” y explicó que se había encontrado con un “hombre analítico y buen conocedor de los entresijos parlamentarios”. La principal clave que aportó este Isidro fue que, al despedirse, el jefe del Estado le dijo que “tal vez nos tengamos que ver en un futuro inmediato”, una alusión directa a la convocatoria de nuevas elecciones. A partir de ahí, se cerró el grifo.
Quiere decirse que los demás portavoces que venían de la Zarzuela ya no dijeron ni mu sobre los comentarios de Felipe VI El preparado. Y entonces surgió la interpretación y la especulación para llenar el folio, sin que faltasen los que atribuyeron al monarca la intención de proponer a una personalidad independiente como jefe de Gobierno para no tener que repetir las elecciones. Eso sería tanto como meterse en la danza política, es decir, un error. Pero en fin. La ronda de consultas palatinas termina según lo previsto: Mariano Rajoy es el candidato del partido que más escaños obtuvo el 20D y se someterá a la investidura en el pleno del Congreso, inicialmente previsto para la primera semana de febrero.
Ya es sabido que la continuidad de Rajoy depende de la decisión del PSOE, que volverá a reunir a los barones en el Comité Federal del sábado, 30 de enero, para fijar la fecha de su congreso que, soberana y libremente, puede modificar la política y apostar por una gran coalición, sin Rajoy, claro está. Esa circunstancia estaba implícita en las palabras de Pedro Sanchez cuando dijo en Cantabria: “Si Rajoy fracasa debe irse a su casa”. El propio Rajoy es consciente de sus limitaciones y, según los análisis de algunos diputados conservadores, su ambición queda reducida a la presidencia del partido y la preparación del sucesor, que bien podría ser el gallego Alberto Núñez Feijoo.
Aparte de que el señor Mas haya indicado el camino a Rajoy (dos menos), los barones con mayor poder en el PSOE han insistido en indicar la señal de salida a Sánchez quien, de momento, ha hecho lo correcto, es decir, no entregar sus 5,5 millones de votos al PP. ¿Por qué causa o razón debe entregárselos? ¿Algún barón regional cree que los electores del PSOE se equivocaron y, en realidad, querían votar al PP? La escandalera de algunos dirigentes regionales (el extremeño Álvarez Vara y el castellano-manchego García Page) por la cesión de dos senadores a ERC y otros dos a Convergencia (ahora Democracia y Libertad) en el Senado para que pudiesen alcanzar diez escaños y formar sus grupos parlamentarios resulta chocante por dos motivos: el primero porque no ha incluido la cesión al PNV de un puesto en la Mesa de la Cámara Alta –por lo visto, eso les parece estupendo–, y el segundo porque quien tenía que criticar, el PSC-PSOE, que sacó cero senadores y solo tiene al designado Montilla, no ha dicho ni pío.
Aunque en el tablero parlamentario Sánchez va ganando a un Rajoy, presa de su aburrimiento (no viene de burro) y preso en su inmovilismo, parece difícil que el voluntarioso Sánchez pueda sumar los 6,5 millones de votos de Podemos, IU y PNV para ser investido con la abstención de Ciudadanos. A la condición de los dirigentes regionales, ratificada por el Comité Federal, de no sentarse a hablar con Podemos hasta que no renuncien al referendo en Cataluña, se suma el girigay interno en la formación asamblearia de Pablo Iglesias, donde ayer se peleaban por juntarse y hoy por separarse. Si finalmente deciden que gobierne la derecha, será asunto de ellos. Y al PSOE no le vendrá mal un Gobierno reformista con C’s y un PP sin el lastre dogmático y draconiano del ajuste del pasado contra los de abajo. Pero eso lo deberá decidir en su congreso. Con razón Rajoy dijo que “la cosa va para largo”.
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