¿Qué es el arte? Un don que tiene el ser humano para enmascarar la mediocridad que nos rodea a través de creaciones hermosas. La asombrosa capacidad de perfilar una visión sensible de un mundo cruel. La percepción subjetiva de la belleza. La huella del talento de las civilizaciones. Una habilidad comunicativa obviando las palabras. La rúbrica de los virtuosos. Una declaración de amor eterna. La libertad de expresión del alma. Capturar con maestría la perfección efímera. Plasmar la inspiración acertada de la locura. Esa orgía del talento. La interpretación tangible del delirio de los sueños.
Hermoso, ¿eh? Pues no. Para algunos cretinos las obras maestras universales, súmmum del talento de los hombres, son algo sucio y vergonzoso que debe ser ocultado ante los ojos del fanatismo religioso radical. La anatomía humana esculpida en mármol por las manos del artista es lo que tiene: la perfección pétrea de esos pechos y genitales podría turbar sensibilidades recién salidas de la caverna.

Carmela Díaz
Roma oculta sus esculturas para no sonrojar al presidente de Irán. Las sinuosas estatuas del museo Capitolino escondidas detrás de altos paneles ante el encuentro de Hassan Rohani con el primer ministro italiano. Qué gilipollas somos los europeos. Corrijo: menudos tíos sin huevos dirigen algunos países de la UE. Qué servilismo innecesario demuestran estos mandamases del Viejo Continente. La cultura clásica, cuna de Occidente, paladín de la democracia, los derechos humanos y las libertades individuales, traicionada por los entresijos del poder y los futuribles tratos millonarios. Si no estamos orgullosos de lo que somos y de dónde venimos, cómo vamos a afrontar el futuro ante estos personajes recién extraídos de una macabra escenografía medieval, ante los que se distraen esclavizando mujeres y asesinando homosexuales.
¿Qué clase de sistema enfermo evita defender sus valores, identidad, tradiciones y su cultura? Resulta una afrenta imperdonable que para no ofender islámicos nos humillemos a nosotros mismos, reneguemos de nuestra esencia. Abochorna esa mortaja a la emotividad intrínseca a la grandeza artística. Cuando crucemos sus fronteras respetaremos por pura deferencia -que no convicción- los dictados de regímenes teocráticos restrictivos. Pero cuando vengan a Occidente, que se amolden a nuestra forma de vida. Y si no, que se abstengan de acudir. Igual algunos dirigentes iluminados albergan la esperanza de que cuando devuelvan la visita, les harán el paseíllo náyades despelotadas para compensar.
El límite entre el respeto y la sumisión es angosto. No se puede transigir con la intolerancia que conlleva la pérdida de libertades. ¡Qué indecente resulta que un país civilizado y democrático se avergüence de un desnudo marmóreo para agradar a aquellos que se enorgullecen de sus ejecuciones públicas!
Miguel Ángel, Bernini, Da Vinci y compañía deben estar revolviéndose en sus tumbas. Como nuestros icónicos reyes, Isabel y Fernando. Ante semejante payasada italiana, al menos Francia ha devuelto algo de paz a nuestros muertos cabreados. Y de dignidad a Europa. Hollande se ha negado en redondo a retirar el vino del almuerzo oficial con el presidente iraní. Hasta el punto de cancelar el sarao. Francia alega que no está dispuesta a hacer «concesiones culturales». Salud, vecinos gabachos. Quien no quiera brindar con borgoñas, burdeos, riojas, riberas o espumosos, está en su derecho. Pero que deje en paz a quienes gustemos de hacerlo. Y en nuestra propia casa.
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