La mano de Pedro Sánchez continúa sostenida en el tiempo. Frente al hieratismo bobo de Rajoy, con esa especie de postura que ni es postura ni tampoco retrata a especie alguna, ni ajustándose la chaqueta ni abrochándosela, con la mirada perdida, estirándose con una suerte de orgullo turulato que resulta ridículo, Pedro Sánchez gana corpulencia muscular y fuerza anímica ante la gravedad del vacío. En ese limbo neutro que parece toda la política de hoy su figura se agranda y coge forma, porque parece ser el único que ha salido al paso de la situación. La fotografía con Mariano Rajoy, ya definitivamente degradado, desde cualquier punto de vista, para todo tipo de participación no sólo política, sino también pública, ha ofrecido la medida de la nueva altura de Pedro Sánchez estos días de paso y aire líquido, como si las propuestas y las frases fueran oleadas sobre el fondo cada vez más sonámbulo de la piscina vacía. En esas aguas lánguidas, cansinas y verdosas ya se ha diluido la promesa naranja y saludable que dibujó Albert Rivera sobre el centro político, como si la espera del momento oportuno hubiera sido aguardada con un celo tan aproximativo, tan al acecho de su personal sentido de la oportunidad, que ya se le ha pasado su propio momento. Pablo Iglesias, mientras, sigue en un plató televisivo, epatando, que es gerundio y también redundancia sobre la arena, granulosa y compacta, de una actualidad que se nos atraganta incluso en el primer sorbo congelado de la caña. Estos dos hombres pensaron, sobre todo después de la entrevista con Jordi Évole en Salvados, que tenía el mundo en sus manos, y dos meses después de las elecciones portan una especie de manquedad invisible, de torpeza creciente en el apretón difuso, como si las palabras se escaparan por el aire estancado de su resurrección política: porque ahora mismo son pesos muertos de cualquier ligereza en carne viva, de cualquier posibilidad verdadera de cambio y de renovación en España.
De Rajoy poco podemos añadir. Es una marioneta que parece movida por sus enemigos, un guiñol sin verdadera malicia, porque al dramaturgo que ha puesto su títere en escena, escribiendo sus líneas pobres de diálogo, seguramente le falta talento hasta para ser malo. Pero los demás rostros de la representación, Iglesias y Rivera, lucen una miopía de campeonato o una suerte de ceguera histórica; y ahí siguen, aduciendo sus chinas en el zapato de la regeneración, que Pedro Sánchez insiste en calzarse a la medida de los acontecimientos. Una mayoría en España ha votado en contra del choriceo penal y el administrativo, que consiste en hacer un guiso constitucional usando nuestros derechos como huesos del caldo. No se trataba de asaltar los cielos, sino de ganar el pulso sobre la tierra que pisamos todos. Por eso deberían entenderse. Se trata de un voto repartido, por un cambio sin mayorías absolutas, que hasta hoy sólo parece haber comprendido Pedro Sánchez. En esta transición aletargada, sólo su sombra sigue en movimiento.
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