Cuando se entabla una negociación se puede acudir con la voluntad de llegar a acuerdos o con otras finalidades, como el marcar territorio o que sea el otro quien rompa la baraja.
En el tortuoso camino para investir presidente del Gobierno parece que todos se han confabulado para que el 26 de junio, con el estreno del verano y con los españoles pensando más en las vacaciones que en las urnas tratemos de resolver un problema que los políticos se han visto incapaces de solucionar. Esta posibilidad se ha de agradecer a Pedro Sánchez que aceptando defender su investidura cubre el vacío legislativo y permite que empiecen a correr los plazos para que automáticamente se convoquen nuevos comicios.
El actual escenario es un camino sembrado de líneas rojas, de vetos, de imposiciones que –al menos aparentemente- hace imposible que cualquier candidato logre la investidura, o sea que todos transmiten la sensación que la repetición de las elecciones es inevitable (claro que en política lo que es verdad a las siete de la mañana se convierte en toda una mentira por la tarde). Pero todo apunta que pese a que todos proclaman la inoportunidad de unas nuevas elecciones, todos están en una intensa campaña.
Ahora el protagonismo –también aparentemente- lo tiene Pedro Sánchez pero en este envite se juega su futuro. No está claro que el PSOE le proponga otra vez como candidato y su única opción de futuro personal es lograr la presidencia. Los barones del partido están molestos y muy reticentes con las cartas que puede jugar para lograrlo, además de sentirse ninguneados. Las encuestas tampoco le son favorables y no ofrece ninguna solución para el tema catalán. Es más no quiere ni recordar que partido aparentemente (otra vez el adverbio) hermano defendía hasta no hace mucho el referéndum siempre que fuera legal. El granero de votos del socialismo catalán, una vez que el PSC ha claudicado en su autonomía, se empequeñece considerablemente. Incluso Sánchez no quiere saber nada de los partidos nacionalistas y sin su abstención parece imposible la investidura.
El otro gran protagonista es Pablo Iglesias. Pese a los problemas internos con sus aliados, si juega bien las cartas puede ser el vencedor de la partida. Es el único que sube en las encuestas y parece que está viviendo su minuto de gloria. El veto que pone a un gobierno con Ciudadanos (veto mutuo, por otra parte) hace que los números no salgan. Cabría la posibilidad si fracasa Pedro Sánchez en la investidura de que el Rey le propusiera que defendiera su candidatura. Podría ser su momento que sin duda aprovecharía –como hizo Felipe González con la moción de censura a Adolfo Suárez- para presentarse en sociedad y le facilitaría no poco la campaña electoral (al tiempo que crearía más problemas a los socialistas).
El futuro de Ciudadanos está por ver. Ahora juega el papel de casamentero proponiendo pactos imposibles, pero los problemas que sufre el PP pueden representarle un significativo aumento de votos dado que no deja de representar un centro derecha –o simplemente derecha- con la gran virtud que sus gentes tienen las manos limpias (claro que no han mandado).
Todo es un laberinto de líneas rojas, vetos, descalificaciones y –en el caso catalán- de tribunales que han de resolver lo que no saben hacer los políticos. El esperpéntico espectáculo continúa.
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