“A toda furia”

27/02/2016

Luis Sánchez Merlo.

ascrialPara Felipe II, cuando se trataba de la erección del Escorial, “era mucho lo gastado y poco lo construido”, así que acuñó un grito de guerra, «A toda furia», para alentar a los 1,500 hombres que tenía implicados en la hazaña, a sacudirse la galbana y culminar la hazaña de construir el monasterio. El rey tenía prisa.

Coincidiendo con el traslado, en 1561, de la capital del reino a Madrid –una villa de apenas 15.000 habitantes- Felipe II comenzó la adquisición de los terrenos, sobre los que planificó la ‘gran fábrica’, un monasterio cuya fundación encomendó a los monjes de la orden jerónima, a los que más tarde confió el culto.

Siguiendo el consejo de su padre, el Emperador, mandó venir desde Nápoles –con un salario de 500 ducados- a uno de los arquitectos mejor preparados de su tiempo, Juan Bautista de Toledo, “el valiente español”, honrado, buena persona, ‘colérico y encendido’. Es probable que Juan Bautista naciera en Italia, nieto de judíos de Toledo (de ahí su nombre), hijo de conversos, pues así́ podrían explicarse, los estudios, primero y el aprendizaje en su juventud, de las artes arquitectónicas que le permitieron convertirse en ayudante de un arquitecto, (maestro del Renacimiento), Antonio de Sangallo, que había trabajado en el entorno de Miguel Ángel, en la cúpula de San Pedro en el Vaticano.

Alfonso Serret Medina, Profesor Emérito de la Universidad Politécnica de Madrid, ha dedicado muchas tardes de domingo a indagar sobre el ‘mundo’ de Felipe II, y concretamente a investigar sobre la construcción del Escorial. Ingeniero de Caminos y Catedrático de Geología, Geotecnia y Cimientos de la Escuela de Obras Públicas, en su libro, Sobre la construcción del Monasterio del Escorial, Serret, armado con potente munición sobre las claves del reinado del rey prudente, ha centrado su atención en los materiales que se emplearon en la construcción del monasterio, sobre todo pétreos, utilizados tanto en el exterior como en el interior.

En la elección de los arquitectos -arco de bóveda del éxito que supuso la construcción del Escorial- el rey se mostró soberano. El arquitecto dependía del rey y sólo del rey. Les exigió mucho pero siempre les apoyó.

Arquitecto Real, autor de la gran planta o ‘traza universal’ del Escorial, Juan Bautista de Toledo, fue el padre de la idea general de sobriedad y espíritu ascético y dejó muestra de su maestría en la práctica de las buenas normas del urbanismo romano que, más tarde, aplicaría en el Escorial. La suya era una arquitectura austera, con influencia italianizante -entonces imperante- separada de la tradicional española, si bien más tarde modificó las trazas originales y varió el renacimiento italiano por otro «más nuestro». El estilo del Monasterio cambio ó se hizo «español», con menos torres, más sencillo y uniforme.

Juan Bautista no se sintió feliz en España. A poco de llegar, tuvo la desgracia de perder, en un naufragio, viniendo de Nápoles, a su mujer y sus dos hijas y, con ellas, todos sus bienes. Tampoco contó nunca con la buena amistad de los religiosos Jerónimos. Tan sólo tuvo la firme protección del rey, quien siempre vio en él al gran Arquitecto y en las dificultades surgidas durante la ejecución de las fábricas y en sus diferencias con frailes y aparejadores, el rey hacía que prevaleciera, como definitivo, el criterio de Juan Bautista.

Murió durante la ejecución de las obras. Su edad avanzada le incapacitaba para cumplir el calendario de trabajo que el monarca le imponía por ver terminada la obra. Su partida causó gran consternación en el ánimo del monarca, ante la incertidumbre de que las obras pudieran continuarse con el ritmo v seguridad que las imprimiera el gran arquitecto. Pero las obras siguieron bajo la estricta vigilancia del rey y de la Congregación y se hicieron cargo de la dirección de la construcción los ayudantes de Juan Bautista.

Cauteloso, el rey tardó nueve años en designar a Juan de Herrera, su arquitecto. Oriundo de la provincia de Santander, sus padres hijodalgos, propietarios acomodados, le mandaron a Valladolid a estudiar Filosofía y Humanidades.

Al principio de la obra todo se hacía a jornal (hoy se diría, por administración) pero el rey, que tenía experiencia en obras de cuando era príncipe, prefería los destajos que prevalecieron al comprobarse que se adelantaba más y las obras salían más baratas. Herrera reorganizó el trabajo creando diez destajos, con un oficial al frente, un suplente y cuarenta obreros en cada destajo. Este nuevo método de trabajo imprimió un fuerte impulso a la obra -‘a toda furia’, en palabras del rey impaciente- reduciendo el plazo a poco más de seis años, cuando al ritmo que llevaban hubiesen durado treinta.

Herrera ingenió la ‘cabrilla’, una pequeña grúa para cargar la piedra, pues quería que se labrase en las canteras y se transportase a los destajos ya labrada, lo que fue motivo de oposición, sobre todo por parte de los aparejadores y del ‘obrero mayor’. Pero el rey le dio la razón. También, ideó una máquina de fabricar clavos especiales de hierro –garabatos- para fijar la pizarra en las cubiertas.

Hombre con gran personalidad, fue tejiendo su trayectoria paso a paso, desde «Arcabucero a caballo» en la guardia del Emperador, a quien acompañará a su retiro en Yuste, hasta “Arquitecto del Rey”, pasando por “Ayudante de la Furriera” oficio de la casa real, a cuyo cargo estaban las «llaves» de Palacio, lo que le obligaba a acompañar -como intendente- al Monarca en todos sus viajes y desplazamientos y “Aposentador Mayor de Palacio”, cargo que cuidaba del alojamiento de las personas reales.

Al morir Carlos V, Juan de Herrera queda incorporado a la guardia de Felipe II, fiel cumplidor de la voluntad paterna. Un hombre excepcional del Renacimiento al que el rey no ennobleció. Posteriormente, otros con menos credenciales, han tenido más suerte.

Herrera tuvo una intervención decisiva en la traza de las cubiertas de la ‘Gran Fábrica’, pues en el ‘felicísimo’ viaje a Flandes e Inglaterra, (en el que siendo muy joven formó parte del séquito del Emperador y de Felipe II, entonces Príncipe de España) tuvo ocasión de descubrir las cubiertas empizarradas de Flandes que más tarde le servirían de inspiración.

Son suyas: la composición del Patio de los Reyes, en el atrio de la Basílica; las dos torres de las campanas; la majestuosa cúpula; parte de las cubiertas empizarradas ; el Templete. También, en el interior de la Basílica, el crucero y el retablo. Y, también, ese mueble maravilloso que es el Facistol, situado en el Coro, donde el Rey Felipe II oraba y cantaba con los frailes.

Excepcional dibujante y tracista, Juan de Herrera -con una peripecia personal e íntima poco afortunada- no limitó su inmenso legado al trabajo en el monasterio del Escorial, donde trazó la grandiosa fachada meridional del Monasterio, lo que despertaría más tarde la admiración del lacónico Lecorbusier: “Esto es Arquitectura”.

Proyectó la Lonja de Sevilla (hoy Archivo de Indias); hizo la remodelación y ampliación del Castillo de Simancas, que Felipe II mandó se dedicase a archivo de documentos; intervino en el Alcázar de Toledo; proyectó la presa para el abastecimiento del Palacio de Aranjuez; hizo las trazas para la inacabada Catedral de Valladolid y proyectó el abastecimiento de la ciudad con aguas traídas de fuentes distantes unos cinco km al sur de la ciudad.

Felipe II puso en marcha la mayor empresa arquitectónica del siglo XVI, sin dejar espacio a la improvisación. Fue a través de la Congregación, verdadero motor de la “Gran Fábrica”. Formada por el prior del monasterio (el vicario, era su sustituto por ausencia o enfermedad), el veedor y el contador. El escribano redactaba las actas. El rey y el prior eran la verdadera autoridad de ‘la fábrica’.

En su trabajo Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, Secundino de Zuazo pone de relieve estas virtudes de Felipe II, como organizador: “Eligió el lugar de emplazamiento, próximo a la Corte. Escogió sus colaboradores. Redactó memoriales, dictó órdenes, dio instrucciones. Intervino en todos los trabajos, con tacto y prudencia. Seleccionó materiales. Consiguió preciadas obras de arte. Adquirió libros, códices y manuscritos para la magnífica biblioteca. Y velaba y seguía las obras con asiduidad, desde la apertura de zanjas para los cimientos hasta la coronación de la cúpula y la colocación de la cruz, símbolo de la España católica”.

En los momentos de mayor actividad, la “fuerza del trabajo” -obreros, oficiales y artesanos- llegó a alcanzar 1,500 hombres, exentos de pagar tributos por su salario y por los víveres que compraban en la Villa del Escorial. Cuando la erección de la basílica iba «a toda furia», la flota de la fábrica -la Carretería, en este caso, carretas tiradas por bueyes- contaba con 300 carros y 220 pares de bueyes. Hagan números.

En un análisis pormenorizado de los materiales utilizados en la construcción de la “Gran Fábrica”, Serret Medina hace una descripción ineludiblemente técnica, como corresponde al ingeniero de caminos y lo hace con gran sensibilidad: “el granito iluminado por el sol da unos tonos gris perla a veces ligeramente dorados cuya contemplación es una verdadera delicia, potenciada por el suave contraste con el gris plomo de las cubiertas de pizarra de gran belleza”.

En su opinión «fue un acierto que Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, eligiesen el granito para construir el monasterio, en alternativa al gneis, abundante en el monte Abantos, lo que hubiera permitido un transporte más fácil y barata del material, pues se hubiese hecho cuesta abajo, con el consiguiente abaratamiento de la obra, pero el resultado final hubiese perdido en calidad y belleza, dado los tonos oscuros y tristes del gneis, en contraposición con los claros, alegres y luminosos del granito».

Para hacerse una idea de la complejidad que comportó la construcción del monasterio, el transporte del mármol macael se hacía en dos etapas: desde las canteras (en Almería) hasta Linares, por caminos de tierra en ligeros carros de mulas y en una segunda hasta el Real Sitio, por medio de grandes carretas de bueyes, formando caravanas, por una ruta que se había abierto para transportar desde Linares al Escorial el plomo, material esencial para cubrir las techumbres del Monasterio.

La naturaleza totalmente ibérica de los materiales pétreos básicos que se utilizaron en la construcción del Monasterio constituye motivo de especial orgullo para Alfonso Serret.

Gurriatos todos -los que se deslomaron en la construcción del Monasterio y los que quinientos años después lo siguen admirando-, “A toda furia”, no pretende exclusivamente volver a reconocer al espíritu de un rey decisivo para levantar el colosal Monasterio del Escorial, sino también, a aquel tiempo en que españoles excepcionales (Juan Bautista de Toledo, Juan de Herrera, Juan de Austria, el Duque de Alba, Alejandro Farnesio, Álvaro de Bazán y tantos otros) vivieron ‘a toda furia’. Cada uno de ellos es acreedor de una consideración individual.

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La ilustración (‘El Monasterio en obras. Hacia 1576. Hatfield House. Propiedad de Lord Salisbury) está tomada del libro Sobre la construcción del Monasterio del escorial y materiales pétreos que se utilizaron, de Alfonso Serret Medina

 

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