
Carmela Díaz
La progresía se nos está yendo de las manos. ¿Qué es ser progre? ¿El antónimo de fachoso? Hoy en día estos términos resultan tan abstractos como la línea imaginaria que separa izquierdas de derechas: en la coyuntura actual las ideologías genuinas están tan diluidas que apenas son perceptibles.
El ideario colectivo, tan dado a dejarse sugestionar por los mortificantes estereotipos, los señala como tipos que exhiben sin pudor un inquebrantable aire de superioridad moral, a la par que jalean los beneficios y propiedades del diálogo, que viene a ser algo así como el áloe-vera del progresismo. Todo se cura con parloteo, excepto cuando ellos alcanzan el poder; entonces aparcan la plática para futuribles ocasiones. También demuestran una obsesión persistente hacia la memoria histórica en vez de focalizarse en construir un futuro próspero. Se consideran los únicos legitimados para defender los derechos sociales, especialmente aquellos relacionados con la igualdad de la mujer y la libertad sexual. Sin olvidar la intelectualidad de salón: pueden recitar con musicalidad docenas de teorías y citas de estadistas, aunque en realidad están incapacitados para el análisis profundo o para desgranar el meollo de cualquier asunto. Y aburren en discursos, sermones y homilías llevando hasta el extremo lo políticamente correcto en las perspectivas/perspectivos de género/génera.
Estos clichés preconcebidos pueden resultar tan errados como los que cacarean hasta la afonía que los catalogados como fachas son todos unos machistas cavernarios, que lucen motivos rojigualdos hasta en los gayumbos, seres homófobos, apostólicos, taurinos y cófrades de oración y procesión. Pero los estándares populares funcionan, y lo preocupante no es tanto que calen en el vulgo, como que lo utilicen con fines partidistas y propósitos manipulares aquellos que cuentan con responsabilidad política e institucional. Tal cúmulo de estereotipos en algunas ocasiones son certeros, y en otras, calamitosos errores.
Sin embargo, en los últimos tiempos asistimos desconcertados a la proliferación de los progres 3.0 que convierten a sus antecesores tradicionales -y hasta a sus antagónicos fachosos- en tiernos gorrinillos. La radicalidad e intransigencia que guía las conductas de estos memo-progres contemporáneos, asusta. Son maestros en la apropiación de hastags y doctos en organizar jaurías digitales cuando alguien cuestiona sus proclamas. Aúllan, vociferan y organizan guerrillas virtuales hasta silenciar a golpe de insulto, difamación, descalificación o amenaza velada a todo aquel que osa rebatir su ideario. Son intransigentes, fanáticos y expoliadores del pensamiento amplio.
Se consideran unos neo-redentores capacitados para recomponer esta cruel sociedad que nos rodea, pero sin haber dado palo al agua ni haber creado un empleo en su vida. Pretenden anteponer el activismo social a la experiencia profesional. Despotrican contra el capitalismo y contra el modelo occidental, sistemas gracias a los cuales viven sin carencias, disfrutando de los derechos y libertades que les permiten adueñarse impunemente de la palestra pública. Menoscaban la sensibilidad religiosa ajena, con especial saña hacia el universo católico. Y sustituyen la adoración de estampitas y reliquias por una devoción desmedida hacia los genitales en tecnicolor. No se percatan de cómo procederían los verdaderos progres: respetando tanto la santa voluntad de los que idolatran coños insumisos y pollas penetradoras, como de los que mitifican vírgenes y veneran mártires.
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