Arnaldo Otegi sale en libertad tras cumplir su condena de 6 años y medio de prisión por intentar reorganizar la ilegalizada Batasuna, bajo las órdenes de ETA. Quiere esto decir que Arnaldo Otegi, reconocido pistolero de los tiempos gloriosos con la siempre oportuna coartada franquista para el asesinato a sangre fría, no ha sido condenado por su ideología, sino por seguir las órdenes de una organización criminal que reclama su espacio en la vida civil. Mientras 200 apólogos del terror lo esperaban a la salida de la cárcel de Logroño, además de su padre, su mujer y su hijo, Otegi ha declarado que “Todas estas cámaras acreditan que hay presos políticos en el Estado español. No hay tantas cámaras para los presos sociales”. Se ve que Pablo Iglesias lo ha creído, porque se ha apresurado a publicar un tweet con la siguiente declaración: “La libertad de Otegi es una buena noticia para los demócratas. Nadie debería ir a la cárcel por sus ideas”. Da la sensación de que esta izquierda vintage que representa o trata de evocar Iglesias, cada vez más deformado en el espejo cóncavo y convexo de sus genuflexiones arbitrarias entre las migajas del pastel votante, aún se mantiene esclava de lugares comunes ya abolidos. Pablo Iglesias no está en 2016, sino en el proceso de Burgos, en la dictadura sangrienta previa a la amnistía, en la épica de la DGS, en el TOP y en la Operación Ogro, como si no hubiera habido atentado en Hipercor ni en la casa cuartel de Zaragoza, como si no hubieran caído asesinados, en plena democracia, Francisco Tomás y Valiente, Ernest Lluch, Gregorio Ordóñez o Miguel Ángel Blanco.
Ha sido inmediata la reacción de Albert Rivera: “Otegi fue condenado por la Justicia por pertenencia a banda armada. Encarcelado por sus ideas está @leopoldolopez”. Más allá del estiramiento del asunto, condena del franquismo arriba y abajo –resulta inexplicable, siempre, la renuencia de Ciudadanos en estos lodazales, que deberían estar ya asumidos por todas las fuerzas verdaderamente democráticas de España-, y de que Alberto Garzón, que habitualmente parece sensato –pero de verdad, no a la manera de indolencia pánfila en Rajoy- manifieste que la libertad de Otegui es “una buena noticia política”, parece que Pablo Iglesias está encantado de dar carnaza al enemigo cavernario, como si su suicidio asistido continuara acumulando argumentos.
Estos 2.331 días en prisión por intentar levantar de nuevo a Batasuna “siguiendo instrucciones de ETA”, como apreció el Tribunal Supremo, con o sin puño en alto, no es minucia jurídica, sino una inculpación en el tejido terrorista del latido continuo, de la fiebre directa de las gentes que han vivido en la lenta mordaza del silencio perpetuo con el tiro en la nuca. Por cierto: es llamativo, como mínimo, que se criminalice a dos titiriteros por una obra en la que aparecía una frase, en el contexto de su representación, y que esté autorizado este ongi etorri de recibimiento en Elgoibar, Guipúzcoa, para Otegi, porque si esto no es enaltecimiento del terrorismo, encubierto y real, que venga el Código penal, con los títeres de esta tragicomedia agria, y se deje caer sobre el teatro.
Tengo la impresión de que a estas alturas de los escenarios, el único preso de su ideología que aún queda en España es Pablo Iglesias. Lo es por voluntad propia, por un deseo interior de distanciamiento entre la realidad y el sueño colectivo que una vez encarnó. No estamos para esto, para incurrir en esto. Arnaldo Otegi ha sido el narrador de una historia sangrienta con cientos de muertos y Pablo Iglesias llama a esto política.
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