Crónica de un desacuerdo

04/03/2016

diarioabierto.es.

España ha dejado de ser bipartita. Pero eso, de momento, nos está llevando al sin-gobierno. Si ya la confrontación estaba servida con dos partidos, ahora con cuatro la cuestión aún es más difícil.

Es lo que decidimos los españoles en las urnas el pasado 20 de diciembre. Pero los políticos elegidos no han estado a la altura. Dimos el mandato, esa era la introducción. Pero la trama y el desenlace nos ha decepcionado.

No ha estado a la altura, pese a que llevaba cuatro años ejercitándose, un Mariano Rajoy que ha optado por quedarse cruzado de brazos esperando que los otros tres contrincantes se despedazaran.

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Tampoco ha estado a la altura, pese a que parecía sobrevolar desde arriba, un Pablo Iglesias, que antes de empezar a negociar ya exigía vicepresidencias como si le fuera la vida en ello, cuando hasta el 20-d, clamaba porque le dejaran pasar al hemiciclo y hasta a La Moncloa para acabar con el paro, la corrupción, enmendar la plana a Bruselas y ser el más puro de los puros. Pero su tono impertinente, acusador de cosas que pertenecen a la prehistoria democrática y esa pose de sabiondo-erudito en nada ha enriquecido nuestra democracia futura. Iglesias, de momento, ha fallado.

En los debates de investidura, en que Pedro Sánchez ha sido rechazado por el Congreso, se ha puesto de manifiesto que en el PP siguen con la prepotencia que tantos decretazos trajo a los españoles, mientras desde la bancada socialista salía de nuevo el tufo de la impotencia que les ha dado cuatro años de oposición mal llevada, con crisis internas de por medio y cambio de cúpula.

Para ser justos, Pedro Sánchez y Albert Rivera, han resultado ser los más sensatos, pero esa sensatez no ha sumado los votos suficientes. El bastión del PP sigue encaramado en sus siete millones de votantes, pero se le ha olvidado a los populares que sus votantes quieren hechos y no más esperas. Y el bastión de Podemos, entre niños de pecho y besos, se han visto destellos de una izquierda rancia sabelotodo, pero inconsciente de que su poder son solo 69 votos, y aunque son muchos, no llegan ni a la altura del zapato de lo que exige la democracia.

Se pasaron los tiempos de vencedores y vencidos. Ahora toca arrimar el hombro y ponerse a trabajar para lo que pideron el voto. Los votantes estamos asistiendo a un sainete y sólo queremos que el desempleo baje y baje, que nuestros derechos no se vean pisoteados por ideologías trasnochadas o casposas, que nuestros impuestos vayan a hacer cosas que necesitemos y no a que se lucren un puñado de listos que se han metido en política para enriquecerse.

Decían que el poder está en el pueblo. Pues 350 diputados no han sabido qué hacer con lo que el pueblo les ha encomendado.

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