
Luis Sánchez-Merlo
Acabó la investidura sin presidente y se abrió la puerta a la celebración de nuevas elecciones. No es de extrañar que los discursos hayan sido mítines dirigidos a un electorado atomizado y transversal, sin que nadie sepa bien a qué votante iban dirigidos
Todo empezó aquella noche del ya lejano lunes de invierno, en la Ciudad de la Imagen, cuando Pedro Sánchez -que no vistió para la ocasión el traje azul de otras apariciones- desplegó, agresivo, la cola iridiscente y le propinó un sonoro mandoble a Mariano Rajoy: “Usted se fue en 2004 de vacaciones pagadas por la empresa de Correa, ha permitido que la sede de Génova se rehabilitase con dinero B y ha consentido la destrucción de pruebas y ordenadores. Después de haberle enviado ese SMS a un delincuente político, tenía que haber asumido la responsabilidad en primera persona y haber dimitido. Usted no es una persona decente”
El presidente del Gobierno desconcertado, dio un pequeño puñetazo en la mesa, probablemente el primero de la legislatura: “Hasta ahí hemos llegado”, y prosiguió, con voz trémula: “Su obligación, señor Sánchez, era presentar una moción de censura. Soy un político honrado, como mínimo como usted. Jamás me ha citado nadie en un Juzgado, no me he apropiado de nada y no me dedico a la política por dinero. Le voy a decir una cosa, usted va a perder las elecciones. La afirmación que ha hecho es ruin, mezquina y miserable”
Lo cierto es que dio en el clavo y su contrincante perdió las elecciones. Bueno, en realidad los dos que, juntos, acumularon una pérdida de 5,4 millones de votos, que se dice pronto. Y ahí empezó la secuencia de los acontecimientos que estamos viviendo ahora. Aquel debate y los resultados electorales ulteriores fueron los prolegómenos del instante en que nos encontramos, con un último acto, la investidura fallida, en que ‘los cuatro’ andan escarbando en el estero del poder, mediante combinaciones de cuatro elementos tomados de dos en dos, puesto que las de tres en tres parecen imposibles, dadas las incompatibilidades de todos con todos.
En esta investidura insólita, Pablo Iglesias ha vuelto a romper la vajilla, Sánchez ha sufrido una debacle de realismo, Rajoy ha querido demostrar a los suyos que, a pesar de amortizaciones presagiadas, sigue siendo un ‘vieux routier’ en la tribuna y, entre tanto desamor, Rivera colecta protagonismo como ese yerno de maneras educadas, al que empiezan a sacudir desde ambos lados de la mesa. Es lo que tiene ser de centro -algo tan difícil de explicar- cuando todos intentan desplazar al ‘intruso’.
La presencia de Rufián en la tribuna, de negro riguroso, ha sido una de las novedades, junto a Tardá, la pareja más bulliciosa y menos catalana del nuevo Congreso. Con un discurso a caballo entre la posición de disparo y la de abrir fuego, maneja un tic inquietante cuando se echa la mano al bolsillo, como si buscase algo y en su desprecio -rayano en lo infinito- por Albert Rivera le ha confinado en el lineal al rango de ‘hacendado’ (marca blanca de Mercadona) del PP.
El dominio escénico de Iglesias, ya acreditado con el beso con el profesor Doménech –ya había dicho Monedero: “Podemos es una fábrica de amor”- cimenta el liderazgo sobre los propios y las confluencias independentistas. Metió la pata hasta el corvejón y echó por tierra el acuerdo ‘progresista’, cuando -señalando a Sánchez con el dedo- dijo aquello de «Felipe González tiene las manos manchadas de cal viva». Esa mención es la prueba del algodón -de la cal- de que Pablo Iglesias quizás nunca haya querido un pacto con los socialistas. Y es que el ‘camaleón pantera’ no muerde sin medir las consecuencias.
No se recuerda precedente al surtido de chicle con mueca, con que el presidente -barba emblanquecida- ha amueblado las sesiones. Ha pasado de pastorear una mayoría absoluta de diputados y senadores a estar a expensas de quienes han convertido el ‘Rajoy, no’ en el grito de guerra compartido. El hastío podría explicar la equivocación cometida cuando -queriendo sacudirse el monopolio de la podredumbre- enlodó el debate acusando a Sánchez de “haber puesto las instituciones al servicio de su supervivencia y eso es corrupción”. No se puede mezclar «corrupción» con actividad parlamentaria, porque delata una esencial confusión de conceptos ético-legales.
Y como un ‘ritornello’ permanente, Sánchez -una y otra vez- despliega la cola iridiscente y embiste a Rajoy, acusándole de haber desmantelado el estado del bienestar, mientras éste se defiende, imputándole la contrarreforma (la demolición de cuatro años de reformas, que han aliviado el default). Esta dialéctica hace de todo punto imposible el avance hacia la ‘gran coalición’ que parece ser la fórmula preferida para una mayoría social, que vería con aprensión fórmulas intrépidas, como ese ‘pacto a la valenciana’ con música de Lluis Llach, que pretenden Podemos y sus afluentes.
Como si no le hubiese bastado con hacerle ‘la cobra’ en aquel encuentro, forzadísimo, que tan sólo perseguía contar que la reunión se había producido, y quisiese saldar la deuda pendiente de aquel debate, Rajoy le soltó un cintarazo: «España necesita un gobierno fuerte, estable, previsible y coherente y lo suyo es una impostura, un engaño y una farsa. Su fiesta ha llegado al final, ha perdido las elecciones y la investidura. Ha tenido su oportunidad y la ha desperdiciado’.
Tras ese intercambio, Iglesias -que sube y baja los bancales del hemiciclo como un gato montes- ha vuelto a llamar la atención. «Fluye el amor y la pasión en la política española. Me preocupa ver irónico y socarrón al señor Rajoy y me agrada ver a las oligarquías preocupadas por nuestro acuerdo. Le tendemos nuestra mano, señor Sánchez, para llegar al acuerdo del beso». Y se ha quedado tan ancho.
Albert Rivera, que sigue recordando la figura de Suárez y anhelando el papel de ‘clavillo del abanico’, le ha atizado dos meneos a don Mariano de los que escuecen: «a usted le da mucha pereza leer las 200 reformas que hemos acordado para este país» y «ha puesto en jaque el papel constitucional del Rey».
Y como siempre ocurre en España, que no falte la discusión sobre el árbitro. La bancada popular no se lo va a poner fácil al presidente del Congreso y esto se vio en la inagotable discusión sobre las alusiones. Hay viejas cuentas pendientes, del tiempo en que López fue lendakari, con los votos populares. Lo cuenta Fernando Savater en su libro “Defensa de la ciudadanía”: “Aun recuerdo el chasco que me llevé al ver en televisión el primer discurso como lehendakari de Patxi López: en un decorado en el que solo estaban la ikurriña y la bandera europea, habló de Euskadi, de Europa, sin mencionar ni una sola vez a España’. Ese falso pragmatismo no lo han digerido todavía los que le agraciaron con sus votos.
En el interregno, tras haber asistido a un parlamentarismo de espectáculo e intuiciones ceremoniales y a la espera de las encuestas, ‘los cuatro’ ya están en la tarea de amueblar la espera. Pero el temor es que estas nuevas elecciones traigan algo así como el “final del paganismo y comienzo de lo mismo”.
Eso temen quienes piensan que los mismos candidatos pueden traer parecidos resultados. Por lo que incumbe a los votantes, cabe imaginar que mientras unos castigarán el inmovilismo, otros lo harán al sacrificio de las ideas y el baile de pactos.
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