La vida, la mujer

08/03/2016

Joaquín Pérez Azaústre.

Hoy pienso en la mujer como un vientre de luz. La miro sobre el borde natural de un aroma cansado, en la respiración de una fortaleza revelada desde su desnudez: ardiente o tibia, pudorosa o salvaje, pero explosión espléndida de un cuerpo ofrecido al oxígeno como aceite de fulguración. Si algo me ha enseñado el temblor de la vida y sus adentros es a admirar, y no sólo a amar, el cuerpo femenino. A saber advertir en él su huella esculpida de horas, con todo ese granito de minutos labrados en un designio de continuidad, tras la supervivencia de un latido emergiendo en la balsa amniótica del tiempo, con esa percusión líquida en la piel, como raíces salientes de un dolor olvidado para encontrar su paso, pero también su poso, en esa quietud breve de mutismo entre los centelleos de carnalidad. La mujer como mapa, la mujer como ruta subterránea y vertida sobre una ensoñación de fuerza fatigada y aún en pie, de esforzada paciencia y rutilante verdad, a través de los pliegues de escenarios perdidos, con butacas vacías, que ella va llenando con su voz de domingo tras la huella del crimen, para sanar la cordura de cualquier edad, para lavar el cuerpo de los hijos hasta el vértigo opaco de la ancianidad.

Hoy pienso en la mujer como una plenitud sensorial del espíritu, como orfebre estallido de toda la belleza interior del paisaje, con sus puertos danzantes sobre el mar petrolífero de cualquier ocaso. Avanzamos en ella, somos su entraña viva, y tocamos las formas yacentes sobre el lodo, podemos moldearlo entre los dedos temblorosos de fiebre, con el pulso agitado por algas centinelas dentro de los ojos entreabiertos. Somos ese destello, un instante, un fulgor. Y lo hemos sido en manos femeninas: las manos de la madre, las manos del calambre y su tensión, las manos de las dunas, de la mujer que un día nos ha donado el tacto arenoso del cielo, con su brillo esmaltado bajo la claridad, para sentir que estamos dentro de un mismo cuerpo, que somos ese látigo de helado fuego azul, de amistad vertical, con la siembra naciente en la cadera esférica del mundo.

Hoy pienso en la mujer porque es el Día Internacional de la Mujer y escribo, como pienso en los 30 millones de mujeres refugiadas, en todo ese archipiélago de tiendas de campaña a las puertas de Europa, con sus madres e hijos, con sus niñas vendidas en el hambre mugrienta, que es también la vergüenza que define a una época.

Con su sombra angostada hacia la delgadez de la guerra ancestral de terrores que aún sufre, hoy pienso también los derechos de la mujer, porque es el corazón sobre la oscuridad de cualquier escritura, en el espacio en blanco que define un silencio.

Hoy pienso en la mujer que habita en mí, en la mujer que habito, en la vida que emerge: el cuerpo que ahora nada, en el temblor de un vientre, para tocar la luz.

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