«Rebeldes con causa»

22/03/2016

Teodoro Millán.

rebeldes

Llevamos meses sometidos a una lluvia de amonestaciones y descalificaciones de todas las posturas que sostienen los líderes políticos. Y aunque nos parezca que el debate se libra en el campo moral, o en un territorio utópico de ética política que habrá de evidenciar la supremacía racional de algún candidato, basta tomar algo de distancia con nuestros favoritismos personales para ver que lo que persiguen unos y otros es más prosaico; incidir en el mercado del voto, cautivar a los indecisos y generar dudas y sombras para ganar un cliente más en el mercadeo que se avecina. Un ejercicio prácticamente deportivo a base de posturas empatizantes, muestras de solidaridad y enemistad, más pasionales que lógicas, y a ser posible sin profundizar mucho en ningún punto por si saltan las costuras. No hay transcendencia en tener razón más allá del recuento de papeletas, por mucho que el histrionismo genere horas de contenidos mediáticos y kilometros de intercambio de cápsulas dialécticas de dudosa procedencia.

Teodoro Millán

Teodoro Millán

Pero igual que no hay, ni se espera, una victoria electoral por k.o., tampoco hay un argumentario triunfante. Toda proclama tiene su reverso, todo envite sus fans. Y así las cosas, se aproximan una elecciones en que amenaza una repetición de resultados con variaciones marginales, donde quién falla es, ante todo, la regla de elección que no contempla una segunda vuelta restrictiva que modifique la situación. Lo que nos puede dejar a todos medio aburridos, medio preocupados con nuestro sistema electoral, rumiando que algo nos falta para alcanzar la mayoría de edad democrática, sin saber muy bien el qué, mirándonos unos a otros y a los candidatos, en lugar de revisar las reglas del juego y compararlas con otras más rodadas. Y ese desconcierto, como frustración que és, tendrá salida en una descalificación absoluta y radical del adversario, ya que ante la inseguridad, la agresión permite, al menos, una falsa sensación de protección. ¿Y a continuación?

Pues si no hay mandato mayoritario, y de nuevo la disputa por los lugares destacados no alcanza buen puerto en ninguna coalición, nos podemos encontrar con una situación tan insospechada como asilvestrada ha sido la respuesta del gobierno al sometimiento del control parlamentario. Una situación de perpetuación de la interinidad, que no vaya del todo mal al partido del gobierno en funciones, y que tampoco pueda romper la oposición parlamentaria por falta de consenso sobre qué hacer el día después. Y junto a ello, el hartazgo general del ciudadano.

En ese escenario comenzarán a tomar carta definitiva de naturaleza los gobiernos autonómicos, los únicos definitivos y homologados, a la vez que asistiremos a un paso más en la dirección del descrédito del estado central, por pérdida de efectividad tanto como de legitimidad. Mientras, el parlamento podrá legislar, que para eso si puede darse quórum, con un gobierno que aunque reticente al control no podrá ser reacio a la ejecución de lo que se tramite. Vamos, algo a lo que no estamos acostumbrados; política en estado puro. O, con un ojo más cínico, la separación de poderes llevada a su extremo paroxístico.

¿Es esto bueno, malo o regular? Es nuevo. Y de lo nuevo, ya se sabe, salen tantas lecciones como desventuras. Pero pensarlo hoy, aparte de ser un ejercicio interesante y entretenido, no permite colegir ninguna razón para que nadie cambie su agenda anticipadamente. Y eso que un cambio de cualquiera de los tres jugadores relevantes desbloquearía de inmediato la situación. Ni el PP, para facilitar la gran coalición que parecería alcanzable si se consensuase un candidato a la presidencia alternativo y algunas reformas sociales. Ni Podemos, que aún aspira a sobrepasar al PSOE antes de cerrar sus posibles acuerdos de gobierno, salvar el referéndum catalán y hacerse con cuotas relevantes del ejecutivo. Ni el PSOE, que podría optar por volverse a derecha o a izquierda con sólo aceptar jugar de segundón. En especial, porque aún quedan algunas manos por jugar y nunca se sabe lo que puede acaecer en el viaje. Lo que da lugar a esta política de aguantar hasta el final, que ahora juegan todos y justifica cada uno a su manera. Una política de porqué ceder hoy si puedo ceder mañana, si es que resultase necesario. El llamado juego del gallina. Como en la carrera de coches hacia el acantilado de aquella película inefable, Rebelde sin Causa (Nicholas Ray, 1955). Aunque no olvidemos que este es un juego que no tiene una estrategia ganadora, y que James Dean vence a base de perder, porque es el primero en saltar del vehículo, gracias a lo cual sobrevive. El gallina sobrevive (para acabar quedándose con la chica). El ganador lo es presa de ese fantasma del azar, el error humano, porque en el último momento su chaqueta se engancha con el picaporte y no logra abrir la puerta. Gana pero perece, cayendo al abismo mortal. Como dicen los americanos, food for thought, que sin equivalente literal me permito deconstruir como cuando las barbas de tu vecino… Aunque muchos piensan que el empecinamiento también termina por llevarse el gato al agua. Sólo esperemos que en este caso no sea también un gato escaldado. Porque James Dean saltó y perdió, pero ¿quién recuerda cómo se llamaba su contrincante?. (La chica, Natalie Wood).

Teodoro Millán, Marzo 2016

 

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